Cuentan, que entre las malezas arboladas de los bosques
asiáticos, junto a riachuelos de aguas danzantes, recubiertos por ramas de
colores plateados, que se llenan de flores de loto rosáceas, se alza un palacio
rojo, de columnas marfiladas.
En dicho palacio rojo, ensombrecido por nubes de un jabonoso
tornasol, según dicen, habitan sombras silenciosas, que se arrastran
susurrantes, bisbiseando, murmurando canciones mortecinas, canciones olvidadas.
Tarareando canciones que antaño acunaron algún niño.
Éstas sombras, que son las siluetas desmemoriadas del pasado
virtual de algunos hombres y mujeres, se deslizan al recibir un visitante,
saliendo desde sus pútridos recintos, que otrora fueran felices y luminosos
hogares, y les sirven, les adoran y les aman.
Son pocos los que han relatado el viaje y el retorno, pues
son pocos quienes han vuelto de dichas travesías, y de cuerdos les ha quedado
poco, si es que se cree posible que una persona como ésta, pueda aun hilar memorias concretas, a través
de realidades tan poco tangibles.
Pero, y he de ser sincero, mi relato, aunque corto, quizá,
de mítico no tiene nada, pues aunque les cueste creer, resultará verdaderamente
cierto, ya que fue a mí, a quien estos sucesos decidieron acaecerle.
Y es que sucede, que en todo viaje de un trotamundos,
lanzado al hedonismo de la contemplación de los ornamentos y las bellezas que
rodean las sociedades del hombre, se llega, de una u otra forma, a congeniar
con estas vivencias de lo desconocido, de una manera casi esotérica, si es que
no se choca uno con ese esoterismo y esa refulgente y fantasmal magia, de
manera directa.
Me sucedió en uno de
esos tantos viajes, el último antes de recluir mi alma a las cuatro paredes de
mi casa desierta, que choque con ese influjo de los espíritus milenarios y no
pude hacer nada más que sucumbir ante el horror, de esas sombrías figuras que
aún hoy parecen escurrirse, como lodos perfumados, por los azulejos y los
tejados, murmurando y cantando sus arrullos sombríos.
Yo era un jovencito dedicado a la antropología, adorador de
las corrientes del espíritu humano, de su tálamo de homo-sapiens, y de sus
formas de relación de desarrollo y evolución psico-sociales, pero por sobre
todo, de la afamada filosofía que ha hecho del hombre el centro de toda una
supra religión que no ha hallado para muchos, pues para mí la ceguera se
ha esfumado, par alguno comparable con
su grandeza.
En los bosques y jardines de brillo sin igual, que se extienden
por las tierras niponas, allá donde las culturas resguardan secretos quizá de
edades muy lejanas, y el sol parece más viejo, cansado y rojo, y tiñe con su sangre
escarlata en sombras, todo lo que se alza ante él, al amanecer y cuando llega
el ocaso, fue donde caí ante el horror.
Había llegado desde Kuala-Lumpur, y de allí, haciendo varias
escalas hasta llegar a la China inmemorial, me encontré frente a las paredes de
la antigua ciudad prohibida, y bajo las luces de los fuegos artificiales más
magníficos jamás contemplados.
Descansé bajo las estrellas, pues mi habitación tenía un
pequeño balcón con sillones de dorados y azules brillosos, y fuera no corría
más que una leve brisa, que ondeaba las hojas y las ramas, haciéndolas danzar
bajo su influjo espectral. Antes de cerrar los ojos sonó el teléfono, yo casi
había comenzado a soñar con siluetas, que parecían presagiar los oscuros
acontecimientos que se venían sobre mí.
_ Hola…_ murmuré desperezando mis músculos relajados, una
modorra profunda y pesada se había derramado contra mi cuerpo. Al otro lado,
desde el tubo que se encontraba en la habitación 109 del “Hotel Rise”, Ronald
Coptom dejó escurrir su voz nasal y aguda.
_ ¿Theodor?..._dijo_…buenas
noches. ¡Disculpa la hora! Solo quería informarte que Patricia y yo pasaremos
por ti cerca de las ocho o nueve.
Una risita nerviosa vino enredada con la interferencia, yo
bostece y asentí. Mis amigos y su contingente habían organizado unas salidas
guiadas por los alrededores más significativos de las antiguas ciudades y
jardines perdidos.
_Pues, los estaré esperando_ comenté despreocupado_ ¿Debo
llevar algo? ¿Comida?
Ronald pareció sonreír del otro lado, ésta vez más suelto,
quizá por mis preguntas de ensueño.
_ No, Theo. Comeremos en los pueblos y sus restaurantes. ¿Es
la idea no? Probar todos los ámbitos de las culturas.
Luego de unos segundos de susurros y murmullos sin sentido,
de risas tontas y uno que otro chiste intelectual, le dije a mi amigo que
necesitaba descansar, y colgué el teléfono. Hubiese sido mejor retrasar mi
destino aciago.
Al despuntar el alba yo ya estaba despierto, me había
duchado, mudado de ropa, y ahora desayunaba frente al sol rojizo que me
saludaba en las estribaciones, rozando el cielo.
La recepcionista me llamó a la habitación, apenas se
acercaban las ocho de la mañana, mis amigos me esperarían en el restaurante
mientras yo terminaba de armar las cosas. Le dije que no era necesario esperar,
yo ya estaba listo y llenó de expectativas.
Tomamos unos aperitivos, y charlamos sobre los tours que
teníamos pensado hacer aquel día, a eso de las nueve y media, ni bien el sol
parecía golpear un poco más contra los vidrios del restaurante, decidimos partir y
comenzar con nuestros planes.
Debo admitir, que en derredor del mundo existen energías que
no conocemos, quizás creamos, así como muchos han creído en dioses, que hay
fuerzas que nos gobiernan, o que hay poderes efímeros sobre los que podemos
tener plena conciencia, pues somos los centros neurálgicos de una civilización
de avanzada. Pero, aunque creamos que olvidando hemos borrado de la faz, a esas
fuerzas portentosas que antaño sumieran todo en sombras y pavor o en edenes de
placer infinito, es más que claro que somos solo migajas frente al horror
inmensurable que envuelve el mundo.
Cuando llegamos al antiguo puente, en las regiones sudestes
de Tse-Xian, el medio día asediaba ya con sus rayos calurosos. A lo lejos se
veía un pequeño rio caudaloso, del cual
nos llegaba un murmullo suave y despreocupado, quizás debería haber oído entre
sus chapoteantes aguas, el parloteo de esas sombras hechizantes, pero no.
Las
arboledas de flores rosas nos bañaban en pétalos y dedos enmarañados de
ramificaciones sombrías. Un aroma, dulzón y extasiante llegó a nosotros. El
joven guía nos comentó los rumores mágicos sobre la zona, me estremecí, algo
reptaba por mi lánguida figura. Lo supe.
Siempre lo supe, de manera inconsciente, tal vez, puede que
vengamos programados para reaccionar ante los males que nos asechan, pero no
despertamos a tiempo para escapar, gritar, o quitarnos la vida si no queda
más.
Un puente nos llevaba con la mirada, hacia una pequeña aldea
perdida, hacían generaciones que no habitaba allí ningún ser pensante, o al
menos era lo que nuestro asiático amigo nos decía.
El cielo se había cubierto
de un resplandor rosado. A lo lejos, entre los bordes de un azul fuerte y las nubes
grisáceas, unos hilos de plata relampagueantes se estiraban.
_ Creo, se aproxima fuerte tempestad_ dijo el guía. Nuestro
ómnibus recién iría a las tres de la tarde, y la nube, negruzca y palpitante,
parecía moverse con mayor rapidez. Una brisa primaveral, con aroma a lavanda y
olivas, se mezcló con el olor de los cigarrillos, las gotas parecieron chispear
contra mis anteojos. El bello aroma de la humedad. Humedad atroz.
Cuando la lluvia comenzó a precipitarse sobre las dieciocho
personas del contingente, Kuon, el guía, nos llamó velozmente a guarecernos
bajo los tejados del puente que llevaba al pueblo y al enorme palacio rojo, que
todo lo gobernaba.
Vimos como los vientos
azotaban las arboledas y arremolinaban,
en jirones de agua y aire, las flores rosadas y las hojas. Mientras tronando,
como enfurecidos dragones míticos, los relámpagos hacían temblar el mundo.
Patricia estaba sobresaltada, lo veía en sus ojos, sus pupilas
parecían titilar enloquecidas, como si un fulgor de horror se le escurriera por
el alma. Se abrazó a Ronald, se amaban mucho, desde siempre. Su pequeño y blanquecino
cuerpo se prendió al de mi robusto amigo. Él, la abrazó sonriendo, disfrutaba
sentir que podía protegerla, que podía espantarle todos los temores que uno
puede resguardar.
_ ¿Qué pasa?_ le musitó Ronald al oído. Ella se arrebujó
contra él, le miró fijamente con los lagrimales anegados.
_...la tormenta_ dijo Patricia susurrando, mientras descontracturaba
su rostro en una mueca romántica. Le sonrió, también disfrutaba de saberse
protegida. Sus ojos melosos centellaron, los rayos brillaban eléctricos, en ese
océano verdoso que era su mirada.
Yo los contemplé, más embelesado, que aturdido por la
estrepitosa tormenta, mientras, sin notarlo, en los lindes oscuros del cielo,
un mal parecía agitarse. Suspiré, la lluvia no cejaría jamás.
_ ¡Vamos a palacio! ¡El bus no vendrá! ¡No puede pasar!
¡Mucha lluvia!_ Gritó el hombre en medio de la tempestad; sus ojos de rasgos
tan cerrados, parecieron querer atisbar en medio de la oscuridad que de a poco
se extendía sobre nosotros.
La tarde llegaba, y con ella una sombra más espesa que
cualquier sombra, jamás yo había contemplado algo así. Jamás ninguno de
nosotros habíamos visto, ni siquiera en la profundidad de nuestros horrores
personales, una mancha tan maliciosa.
El puente pareció tragarnos en una negrura abisal, pues se
extendía por más de tres o cinco kilómetros hasta llegar al pueblo, y atravesaba
un rio de inmensurables características. Fuera, el agua bramaba, y bajo
nuestros pies parecían escurrirse miles de cascos de caballos, tronando contra
rocas monumentales, y de vez en cuando, solo cuando un par de relámpagos
furiosos partían el cielo, podíamos contemplar completamente las vigas y tejas
que lo componían todo.
Algo me parecía anormal en todo aquello, pues, tanto el río
caudaloso, como el largo trayecto y la densa oscuridad, que a pesar de tener
linternas no podíamos apartar completamente, imbuían en mí un halo de horror
inenarrable. Respiré, suspiré. En la negrura no había nada, y también lo había
todo.
De pronto, luego de un lapso de incontenible temor, una
tenue luz comenzó a inundar la sombra, antes había sido tan solo un punto
luminoso, ahora se abría como una boca brillosa, un rectángulo centellante al
final del camino. Pero la luz era gris, gris y mortecina.
Entonces las formas se fueron modelando sobre el mundo opaco
que nos rodeaba, y pudimos entender, gracias a la luz crepuscular, que habíamos
arribado al pueblo, que desde el otro lado habíamos contemplado al llegar, tan
pequeño y lejano.
A lo lejos, un edificio rojo se cortaba contra el cielo del
atardecer, y su enorme sombra angulosa se proyectaba pesada sobre nosotros; lo ahogaba todo bajo un tufo pútrido y horrible. Temí, nunca había contemplado
formas tan maravillosas y aterradoras, formas tan antiguas y de potestad
inconcebible.
La lluvia aun asediaba sobre nosotros, y los cielos bramaban
quejumbrosos cuando terminamos de cruzar el pueblo abandonado para llegar a
las puertas del palacio.
Aquella vieja estructura, de presencia descomunal, era el único edificio que se mantenía
completamente en pie, y no había perdido sus techumbres ni formas, pues el
resto de la ciudad, según sabíamos, había sido consumida por las llamas
furiosas de un incendio hacía más de ocho siglos atrás.
Nadie recorría las calles malditas y solitarias de aquel
lugar, salvo, los que como nosotros habían olvidado el temor y el respeto por
aquello que nos es desconocido, o, quienes sin querer han sido llevados por
una mano ajena a sus deseos. Quizás le diríamos asar, fortuna, o destino, yo
diría cósmico horror o cósmicos males.
La puerta del palacio rechino al abrirse, y las hojas de
madera amohosada y recubierta de óxido en sus clavos gigantes, soltaron un
soplido sepulcral que nos recorrió los cuerpos.
Ronald estaba enloquecido, la belleza del palacio, al igual
que a mí, le despertaba ambiguos sentimientos, pues aunque el brillo de rojo y
oro nos producía una paz onda, la sombra que todo lo rodeaba nos despertaba un
oscuro resquemor.
_ Es maravilloso que aún se conserven las formas_ observó
él. Yo le miré asintiendo, los contornos de lotos y ramificaciones se enredaban
aquí y allá, hasta volverse aves y hojas, nubes y peces. Dragones de fuego
luminoso y milenario.
Cuando por fin la noche había llegado, y la lluvia parecía
mermar, el guía y nuestro grupo, se había establecido ya en un pequeño campamento, en medio del gran salón rectangular que parecía ser el centro del
ominoso sitio.
Un faro eléctrico brillaba rodeado de insectos y alimañas
minúsculas, como si fuera el último vestigio de lo impoluto, como si no hubiera
otra llama de vida a la que aferrarse. Nosotros murmurábamos casi secretamente,
mientras rehuíamos a imaginar las monstruosidades que solo la mente humana
puede maquinar, sobre todo cuando en su interior, tan alejado de las raíces
profundas de la tierra, puede percibir, que entre la silente oscuridad, hay
algo contemplándolo todo con señorial decisión.
_ He oído muchas historias de estos sitios…_ dijo un
muchacho. Tenía en las manos una jarra de aluminio, que había vaciado
previamente de un sorbo, y ahora volvía a servir en ella un poco de licor. Se
lo ofreció a otro tipo, que al parecer le acompañaba, y luego continuó.
_ He oído muchas historias de estos sitios ¡Les helaría la
piel saber de ellas!_ sonrió, ahora extendió su brebaje hacia nosotros, Ronald
rechazó el vaso con amabilidad, y miró sorprendido a su mujer, que lo recibió
con ímpetu.
_ ¿Qué dicen esas historias?_ pregunté. Uno suele
acostumbrarse al urbanismo, como a las leyendas que circundan siempre los
cimientos de los pueblos. Siempre me interesaron los cuentos fundacionales de
las civilizaciones y sus castas.
_ Pues…_ comentó_ Se habla que antaño, estas tierras
pertenecieron a un gran terrateniente del Emperador, y dicen que era una zona
muy rica y llena de vida. Pero, en algún momento, y por alguna razón, el
terrateniente cayó en desgracia y arrastró consigo a todo este pueblo.
_ Y el pueblo está maldito…_ agregué yo seriamente. El joven
asintió medio sorprendido, medio molesto, había en mis palabras una mezcla de
mística y escepticismo que le resultaban innecesarios.
_ No crees en esas cosas ¿Verdad?_ me dijo. Yo, mientras
terminaba de vaciar la jarra plateada y se la devolvía, hice una mueca que no
terminaba de confirmar mi postura. Él sonrió de costado, y un vacío molar
arruinó su perfecta dentadura.
_ ¿Has viajado mucho?_ preguntaba ahora el chico. El resto
de nuestros acompañantes aún compartían sus conversaciones individuales, a
pesar de estar todos en la misma ronda, mientras otros daban unas vueltas no
muy lejos del pequeño campamento. Mis amigos, Ronald y Patricia, seguían
románticamente apretujados, contemplando algunos agujeros del antiquísimo
tejado, y trataban de vislumbrar a través de ellos alguna estrella o algún
claro en el cielo.
_ SÍ. He viajado bastante. Y he oído también muchas
historias. Theodor Newman_ me presenté estirándole la mano. Él se llamaba
Andreas, y había nacido en Borneo, hacía poco que se dedicaba a los viajes por
placer, y al igual que yo, buscaba en cada sitio una razón para comprender a la
raza humana. Pero no compartía mi demente amor por el hombre.
_ No te imaginas las cosas que puede uno descubrir sobre los
hombres_ dijo Andreas volviendo a beber, ahora me miraba con un brillo belicoso
en los ojos, unos ojos profundamente negros, como sus cabellos enredados en
rastas serpeantes.
Luego de comentar sobre nuestras experiencias en los
diferentes puntos del mundo recorridos, sus mitos y sus teogónicos conceptos,
el joven volvió al tema del palacio, y recayó en su maldición.
Según relató, la gente de aquellos lugares había sido feliz,
tan feliz como puede uno llegar a ser bajo el yugo de un emperador y su
terrateniente. Contó que en aquel palacio siempre había fiestas, y que todas
las gentes y señorías, y los príncipes y caballeros, y los habitantes del
pueblo eran muy bien atendidos y se les bañaba, y se les daba de comer y beber.
Los fuegos artificiales jamás faltaban, al igual que la música y la danza, y
nadie se iba de aquel majestuoso lugar sin sus inciensos de pachuli, sus
jabones perfumados o la piel tersa y pulida.
Pero, como en todas las historias hay un “pero”, y este se
sucedió de repente y sin previo aviso.
El terrateniente del Emperador cayó en la locura, algunos
cuentan que por razón de su soberbia ciudad, afamada por su belleza y buen
pasar, y otros, porque dicen que la reina blanca, que habita en la profundidad
de las montañas, le maldijo enfurecida.
Ésta última, y más oscura de las razones, es la más
versionada, pues según han escrito, la doncella vino metamorfoseada en una
pequeña niña enferma, tratando de probar la verdadera bondad del terrateniente
y su gente, y golpeo las puertas de palacio, cuando él señor de este,
descansaba. La niña llamo, pidiendo auxilio y compasión, pidiendo un baño,
comida y atención, pero sus llantos no hicieron más que despertar al amo, que
plácidamente dormía después de una noche de juerga y luces.
_ “¡Que los guardias se la lleven a los establos! ¡Ningún
enfermo me ensuciara las losas y las alfombras, ni me contaminara la comida o
los jabones! ¡Si alguien quiere hacerse cargo de ella, que la bañe en los
establos!”_ gritó el hombre. Sus servidores, conociendo la secreta poca
paciencia de su señor, obedecieron lanzando a la pequeña al estercolero.
Es aquí donde comienza el ominoso horror que destrozo la
ciudad, en una cadena de horrores merecidos, venidos quizás de los corazones
que dicen ser unos para mostrarse, en momentos menos convenientes, tal cual
son.
Según Andreas, y los asentimientos y confirmaciones de Kuon,
nuestro guía; el primer horror se sucedió la noche siguiente de la visita de la
pequeña enferma, que, para sorpresa de los criados, al amanecer, ya no se
encontraba en el establo, sino que al parecer había abandonado el pueblo, o al
menos el palacio.
Era quizás la hora del cenit, cuando la música había
comenzado a agolparse por los pasillos del palacio señorial, y las bandejas de
comidas y desayunos, de licores y jugos, se movían de mano en mano, desde las
cocinas hasta los jardines, y de las habitaciones a las piscinas de baño. Las
voces se atiborraban en murmurantes cuchicheos y risas, las canciones hacían
danzar a las bailarinas, y los hombres y mujeres del pueblo y su palacio,
llegaban por todas las puertas y calles a celebrar su agraciada existencia.
Estaban tan completos que no necesitaban nada, nada más que
su jolgorio y sus copas, nada más que sus perfumes.
La mesa mayor estaba servida, justo la mesa que iba en medio
del salón en que estábamos sentados, los platos de oro y vidrios brillaban bajo
las nubes de oro e inciensos. El señor masticaba y engullía, arrancaba a trozos
los nervios carnosos, y las pulposas verduras y frutas, mientras veía como se
contorneaban las doncellas en sus bailes deliciosos y sensuales.
Un grito de horror. Una voz que destrozaba los tímpanos de
lo inhumana, como si viniera rasgada desde lo más profundo de la tierra, un
chirrido abismal, pútrido y venenoso.
Todos gritaban al ver al señor comiendo aquel brazo de niño,
descompuesto, agusanado, recubierto de costras venenosas y pestilentes. Un
miembro de niño enfermo, que aun parecía retorcerse de dolor.
Una orgiástica y rítmica convulsión de asco se apoderó de
todos, y mientras se miraban a las caras se vomitaban los unos a los otros, y
se desmayaban o enloquecían.
El gran señor del palacio rojo se miró las manos, y
contempló el horror que había en ellas. Pero se creyó víctima de una treta de
sus comensales y servidores, y entre su locura y enojo, ordenó a los guardias
dar muerta a todos los que se encontraban en el recinto.
Entre gritos de pavor y locura, el señor comenzó a atravesar
los cuerpos con su espada, mientras los guardias, le imitaban velozmente,
cubriéndolo todo en un baño de sangre perfumada por los jabones y aceites.
Afuera la lluvia comenzó a precipitarse nuevamente, Andreas
había detenido su relato, y nosotros le contemplábamos anonadados, era una muy
buena historia de horror, y a mí me resultaba cada vez más creíble, o al menos
eso quería creer. El resto del grupo se nos había acoplado, y ahora todos oían
la extensa charla.
_... pero lo más espantoso no ha sido eso_ continuó el
muchacho_ sino el mal que acaeció luego de esta atroz matanza.
Una noche, después de mucho tiempo del horroroso almuerzo,
el señor del palacio se había recostado en su piscina personal, y se daba un
baño para relajarse.
La fiesta había comenzado de nuevo, y la música bullía por
los pasillos, como a él le gustaba que sucediera. La servidumbre iba y venía
con los platillos, y los manjares, recorrían los baños y los jardines, y afuera
comenzaban a prepararse los fuegos artificiales para el final de la noche.
Había oscurecido cuando el amo del palacio rojo se colocó
sus atuendos señoriales, y bajo a comer junto a sus invitados y visitantes.
Desde aquella comida frugal y aberrante, nadie le miraba fijamente a los ojos,
sabían bien que era un señor terrible y poderoso, y que su cólera no tenía
límite alguno. Todos sonreían a su paso, todos le hacían venias y le adoraban.
La música sonaba, los platos lo llenaban todo en olorosas
estelas de patos, pollos, y demás manjares, mientras los aceites y jabones de
los baños se mezclaban con el aroma de las sudorosas bailarinas.
Entonces la niña irrumpió en el salón, aquella niña que
había sido rechazada y lanzada al estercolero como si no fuera nadie. Y
depositó su pequeño y enfermo cuerpecillo, sin un brazo, en medio de la
voluptuosa y rica mesa. El señor la miró con asco y horror, y recordó aquel
nefasto día en que mató a todos sus tertulianos.
_ “Has de pagar por tu soberbia”_ le dijo la niña. Él tomó
un cuchillo y atinó a clavárselo en la garganta, para luego verla caer contra
los platos, jarras y alimentos, todos bañados en una sangre lodosa y
pestilente.
El cuerpo de la niña convulsionó y se retorció, mientras una
tentacular figura parecía salir desde dentro.
Entonces el bullicioso aire se vicio de un mal inconcebible,
y los gritos de horror y espanto se mezclaron con los alaridos venidos del
infierno, un infierno más espantoso que cualquier tártaro imaginado.
Y las aguas de los baños bulleron, hirviendo a quienes se
bañaban en ellas, hasta quitarles las carnes como cueros, mientras los animales
que habían sido parte de la comida, se comían desde dentro, a quienes les
habían engullido. Y todos se arrancaban los ojos, y los oídos y se lanzaban
sobre las llamas del incendio, para darle fin al sufrimiento.
Aquella noche ominosa, dicen los tátara nietos de los tátara
nietos, que han vivido en los pueblos vecinos, que una sinfonía de horrorosa
fuerza se alzó desde el palacio rojo, y se hoyo rugir a la señora de las
montañas, enfurecida, tomando venganza por la soberbia del terrateniente. Y también
cuentan, que los hijos de sus antepasados, vieron en las estribaciones del
cielo, una luz que chispeaba crepitando ante la aurora, quemándolo todo a su
paso.
_...y no quedó nada._ dijo Andreas, mientras nuestra saliva
intentaba escurrirse por las gargantas resecas.
Debo admitir que aquella noche no me dormí completamente.
Pues, aunque quisiera evitarlo, a mi mente venían las imágenes aterradoras de
aquel estúpido relato, y, a pesar de haber pegado los ojos, mi alma y mi
espíritu, estaban más atentos a cualquier mal, más aun que mis propios
sentidos.
Abrí los ojos cuando la luz del alba me pareció dar sobre
los parpados, y he de confesar, que hubiera preferido no despertarme nunca.
Cuando mire en derredor, junto a mí no había nadie, salvo el
brillo pálido de una luz crepuscular.
Contemple en silencio, yo dormía recostado sobre una
alfombra color escarlata, y frente a mis ojos se extendía ahora una mesa
rectangular, cubierta de platos y bandejas, repletos todos de platillos y
majares. Vinos e inciensos, luces y copas.
Suspiré sobresaltado, me incorporé de un salto, y note que
aquella aparición era real, tan real como mis huesos que tiritaban, tan reales
como que no era yo Theodor, sino otro, o quizás seguía siendo solo yo.
Cuando comencé a caminar mire en derredor aguzando los
sentidos, la música resonaban aquí y
allá, en timbales y trompetines, en citaras y arpas, en cantos que se alzaban
coreando voces plácidas. Me mire en el reflejo de una columna de oro, mis ropas
brillosas eran raras, perfumadas, centellaban bajo las farolas de loto y papel.
¿Dónde estaban todos? ¿Dónde se habían metido mis amigos, y
qué sucedía en aquel lugar? De pronto no había razones tangibles, que me
demostraran si aquello era un sueño o un horror real. Si acaso ese espanto que
me carcomía la carne en aquel momento, era solo un delirio del alcohol que me
había consumido hasta llevarme al sueño de los ebrios, o la maldición de aquel
palacio rojo, se había comenzado a extender sobre mí, era algo que no podía
discernir en ese momento.
Sentí un alarido viniendo desde lejos, las voces de llantos
aterradores me parecieron conocidas. Quizás Ronald, tal vez Andreas, o mi bella
amiga Patricia, no lo sé, jamás podría adivinarlo, podría tratarse también del
pobre Kuon, el guía chino. Caminé, subí las escaleras y corrí al encuentro de
aquella sinfonía de chillidos espantosos.
Un largo pasillo de oro y azul se abrió ante mí, un pasillo
de mil puertas y campanas, todas colgando de las vigas con aromas a abeto y
mirra, llenando el aire de manera venenosa, de manera fantasmal. Fue entonces
cuando vi las sombras, todas escurriéndose desde los recintos, con aromas a
jabones y aceites, llenando todo con sus viscosas formas.
Una modorra se apoderó de mí, como si entrase mi ser en un
éxtasis desconocido, como si todos mis temores se esfumaran, y ese pavor que me
embargaba todo solo fuese un leve temor, un olvidable miedo.
Entonces una mano fría me tomó del hombro, y pude sentir
toda la tristeza, toda la desolación, y el putrefacto hedor de las flores de
mayo, que presagian el final de los aromas vivos. Sentí el horror, y supe que
aquello no era una pesadilla siniestra, sino el verdadero mal cósmico guiándome
los pasos.
Los vapores de las aguas perfumadas se levantaron sobre el
aire, y me dieron de frente en la cara, quemándome la nariz, como un opio que
me languidecía y me enredaba en un sueño contra el que yo no podía luchar, ni
resistir.
En mi somnolencia comencé a notar los esqueletos adormecidos
y pútridos, al igual que los que aún permanecían medio despiertos, y parecían
estar bajo el mismo influjo que me poseía
a mí de a poco.
Patricia flotaba casi muerta, con su cuerpo masajeado por
los dedos fantasmales de unas cuantas niñas grises, que sonreían en silencio,
mientras le peinaban los cabellos y les llenaban de aceites y perfumes. Otros
más parecían bambolearse cerca de los bordes de las piscinas, mientras uno que
otro, hervido ya en los perfumes infectos, moría a gritos desesperados pidiendo
piedad.
Fue entonces cuando desperté del trance, en el momento en
que un chirrido horroroso, de una voz tan inhumana como diabólica, me quebró
los tímpanos. En el momento en que supe que si no volvía en mí sería consumido
por un pavor que jamás mis venas habían imaginado poder soportar.
Solloce mientras mis gritos desagarrados se chorreaban en
sangre espantada, por mi garganta casi reseca y cerrada. Lloré sabiendo, que si
mis pies no podían soportar las espinas de las rosas lanzadas sobre el suelo,
no volvería a ver jamás las luces de un amanecer.
Mis pies se movieron ligeros, patine y caí de cara al suelo,
abriéndome la frente y sangrando, mi visión se nublo, las gotas me cegaban
completamente, y yo no podía hacer más que seguir huyendo con mi instinto como
guía.
Cuando por fin atravesé el último tramo del pasillo,
asustado y enloquecido, creí haber logrado liberarme del mal y del cósmico
horror. Pero mi desgracia fue mayor cuando, llegando al salón donde habíamos
acampado anteriormente, la contemplé. La niña enferma y sin brazo, mirándome
fijamente, con una mueca de inocencia demoniaca en sus labios informes.
Me detuve en seco, con el grito apagado en la garganta,
mientras la veía allí, silenciosa, fantasmal.
Su cuerpo pútrido se estremeció y pareció estallar, en
pústulas de pestilentes formas y colores, con una viscosidad aberrante e
informe. Unas tentaculares formas se rasgaron desde su carne rajada, mientras
desde dentro parecía nacer un ser ajeno a cualquier universo que nos es
conocido. Un ser tan abisal, tan antiquísimo, que ni siquiera nuestros dioses y
sus bestias podrían asemejarse a tal aberración.
Y allí la contemple, cubierta de esa sombra sin nombre, y de
ese fuego y ese hierro que todo lo ha doblegado, esa misma virtud por la cual
la tierra toda ha sido forjada. Lo sabía, era ella, la señora, la reina, la
“Mater”, que todo lo cubre con su seno.
No recuerdo específicamente el momento en que fui libre, y
no se tampoco por cuales gracias sobreviví a tal espanto. Puede, y tal vez sea
la única razón, que la locura me haya servido de excusa, pues ninguno de los
que conmigo estuvieron aquella vez, ninguno es recordado.
Dentro de las posibilidades de lo tangible, de lo que uno
puede mensurar y mencionar, no tengo muchas de las cuales servirme para poder
explicar que me sucedió aquella vez, entre las horrendas y ominosas tierras de
Asia olvidada. Pero lo que sí puedo saber, y ante lo que no queda ninguna duda,
es que la vi, y era la voz que mana desde las profundidades de la tierra.
Era ella, la misma que nos ha habitado y nos habita, la
misma que clama por nosotros, y que jura venganza.
Era ella, y, aunque
agradezco haber sido perdonado, quizás para relatar este horror, preferiría
haber muerto cocido por los perfumes, placenteramente, en aquel antiguo palacio
rojo. Porque ahora los siento, escurriéndose contra las ventanas de mí casa,
bajo las puertas, con ese aroma a jabones y aceites, tras el murmullo de sus
canciones sombrías, bajo el pálido y gris influjo de ese palacio rojo.
La siento murmurándome al oído, en las noches, contándome
que se encuentra cerca. La veo, brillando en mis ojos, con dulzura y quietud.
La veo allí, siempre atenta.