Visto desde la nada...

Irreal

Irreal
"Y ya no hubo despertar. El verdugo electrónico, había decidido que era el fin de los hombres"

martes, 29 de noviembre de 2011

Vientos Siderales (De la serie "La Noche Tortuosa")


                                           Vientos Siderales (o Breve relato de lo desconocido)


El sol refulge, abrazador, contra las colinas calizas que se yerguen sudorosas. El sol brilla en lo alto, como un enorme fuego que quema.

Hay en el aire de aquel lugar, una corriente mística , un vendaval que embruja, a quien huele el aroma de las aguas calmas, que se ondean sigilosas. Las formas rocosas, estiran sus extremidades blancuzcas, hasta perderles amohosadas en las profundidades viscerales del lago, profundidades que no vislumbro, y no deseo ver. Pero que me vienen, como imágenes que no describiré.

He contemplado este sitio varias veces, y sea en el rincón que sea, las aguas que engullen esas colosales formaciones, se mueven con una malicia y un sombra, que ni el sol que se relame mientras brilla, es capaz de iluminar.

En las orillas más playas, una espesa y verdosa vegetación se extiende. Las pequeñas hojas de hierba, se yerguen entre las rocas que parecen querer aplastar la vida, mientras, sobre ellas, los anfibios depositan sus rosados huevos, esperanzados en que sus renacuajos, prolongaran una vez mas, la especie.

Un calor que ahoga, se agita. Un viento tibio se mueve entre los escasos arboles, y los estremece. A lo lejos, en las estribaciones más altas, una nube negra, o de un azul grisáceo, comienza a asomarse, amenazante, y entre sus ruedos de nívea sombra, un viento huracanado se arrastra, golpeando las copas.

El agua se ve oscura, unos metros, desde la orilla donde me he posado, unas cuantas ramas se alzan, desde las profundidades. Quizás son los restos de algún árbol antiguo, que reposa en la humedad y el silencio. Varios pájaros negros, de gran tamaño, descansan en esas esqueléticas formas, y graznan, con un alarido raro.

A mis pies, un caracol se mueve, lento y sin temores, mientras oigo desde la maleza, como las criaturas del campo, pululan. Hay un resquemor que me atormenta, y, entre tanto, siento la llovizna que comienza a descender. Comprendo la inmensidad de aquel sitio desolado.

La nube oscura se extiende cada vez mas, y ahora ya parece cubrir el sol. Es como si una gigantesca boca negra, lo tragara por completo.

Me retiro de la sombra de los arboles, y comienzo a descender hasta el agua; ya no hay un sol cegador que me destroce la carne con sus rayos acuchillantes. Ahora me apetece mojarme un poco, y ver las aguas golpear sobre mi, tal vez sumergirme, y contemplar.

El viento, de pronto, sopla en vendavales aterradores, como removiendo desde las profundidades, un lodazal pútrido e infestado de seres, que mi mente, acoplada a este mundo, no puede comprender. Y veo como las olas furiosas, se levantan silbando, y chocan con las laderas, carcomiendo la piedra.

Contemplo con temor, y corro detrás de unos arboles. Desde allí, puedo ver como las aguas se manchan de marrones, y grises, y unas formas tentaculares parecen agitarse entre ellas, como prendiéndose a la roca, con sus ventosas húmedas. No he de gritar, no expresare el miedo!

¿Cómo hacerlo en tal caso? ¿Qué he de decir? ¿Qué he de gritar?

El viento, ahora una ráfaga huracanada, parece arremeter por completo contra el agua; la mese, la agita, le corta la piel cristalina, y dibuja espumas, con formas impalpables. Las burbujas ascienden desde lo desconocido, como si el agua bullera en las profundidades cenagosas.

Las aves que descansaban sin temores, ahora salen en vuelo veloz, al ver que las ramas se quiebran y hunden. De pronto, algo toma el cuerpo de una de ellas, y la sumerge, mientras las demás lloran.

Las aves tratan de luchar contra el viento, que parece embolsar las plumas, y con esa fuerza las empuja hacia la superficie acuosa. Pero, han decidido salvarse, y con fuerza luchan contra la tormenta, hasta planear.

Rugue el viento, y con el, las montañas. Se sienten los silbidos de los espíritus de la tierra, y la voz gutural de los dioses de roca. Algo sucede, y no lo comprendo. De repente, la quietud y la calma fueron rotas, y el sol ha desparecido.

Es entonces, cuando veo una enorme burbuja de aire, que revienta y rompe fuera de la superficie acuosa que se estremece. Y la figura, la forma de un ser que no fue creado por ningún dios, y no esta emparentado con ninguno de nosotros, surge colosal y aterradora.

¿Quien podría contemplar tal horror y creerlo? ¿Quien comprendería lo que he visto, si pudiera relatarlo?

¡Ay! ¡Cuantas cosas suceden en los paramos desolados, en las montañas mas lejanas, y en las hendiduras mas negras de la tierra y el cielo! ¡Cuantas formas se mesen sin nuestro conocimiento.
¡Si pudiera explicarles lo que esto ha significado, si pudiera.! ¡Pero no!

Mis palabras no son suficientes. Porque no las tengo.

Me agazapo, y voy corriendo a mi cueva. Espero que los hombres puedan contra ello, queridos hijos.

Los Zorros sabemos por zorros, pero más por viejos. Y prefiero, antes que la aniquilación, convivir con cualquier cosa, que eso sea.



( Relatos de horror de un Zorro a sus hijos, antes de dormir)



viernes, 25 de noviembre de 2011

Dias Oscuros ( de la serie "La noche Tortuosa")


Días oscuros

¿Qué pasaría si una mañana, el futuro presidente de las Naciones Unidas, un tal Daniel Simons, se despertara después de haber tenido una revelación espiritual?
*  *  *
Daniel Simons se sentó justo al borde de la cama, su mujer aún dormía. Miró el reloj de la mesa de luz, eran cerca de las cuatro y media de la mañana. Tenía pocas ganas de hablar sobre políticas internacionales. Se despabiló lo más rápido que pudo. Hacía mucho calor.

El sueño le volvió a la memoria unas horas más tarde, cuando estaba sentado junto a uno de esos tantos viejos, con los que solía tomar café.  Su fabulación se le antojó realmente extraña, pero a pesar de todo, se sintió el templo de una fuerza de cambio.

El poder nos hace volar muy alto, se había dicho.  Pero se miró las manos, y, como si en ellas viera el porvenir de toda la humanidad, entendió que aquel sueño, no era otra cosa que una presentación divina. Una verdad que ante él, desplegaba todas las soluciones que la humanidad necesitó durante tantos milenios de desigualdades.

Los demás hombres y mujeres de la mesa le miraron cavilantes, aunque Daniel no lo notara, en él había surgido un cambio. En realidad siempre había creído que, el más apto, es el que merece gobernar sobre quienes andan errados.

Cuando Daniel Simons decidió que era la hora de un gran cambio, hacía una tarde calurosa. Era el verano del año 2000, época en que sería nombrado “Presidente de la asamblea general de las Naciones Unidas”, y donde daría a conocer aquella verdad que, “El verdadero y único Dios”, le había revelado.

Lo había planeado muy bien, no se equivocaría. Sabía que era imperioso lograr que la humanidad llegara por fin, a la cumbre de su olvidada pirámide.

 El gran salón de verde y oro se atestaba de gente, todos alegres o fingiendo alegría. Miles de representantes estaban allí. Muchos mandatarios y sus cancilleres, y sus tertulianos, y sus bufones, muchos creyeron.

_ “Es por lo tanto mi deber, ordenarles a los presidentes aquí presentes, y por medio de sus cancilleres y representantes, a los ausentes, que cesen su gobierno, y pongan en mí los poderes que les invisten sin oposición alguna. En caso contrario, mi ejército. El de las Naciones Unidas Mundiales, hoy fundadas por mí. Y todas las fuerzas de las que me hago cargo, descargarán contra sus naciones, todo el poder que sea necesario…”_

Los ojos de los hombres y mujeres del salón quedaron redondos como platos, no podían aún creer lo que aquel loco decía después de tan maravillosa perorata aleccionadora. Parecía sentir, en sí mismo, una fe y una confianza inquebrantables.

Algunos comenzaron a retirarse molestos, otros objetaron llenos de furia. Varios puños golpearon las mesas. Daniel Simons les contempló desde el estrado, que ahora era su pulpito.

¿Qué pasaría mañana si a Daniel Simons una voz inhumana le hablara? ¿Si por alguna razón contara con todo el poder para tornarse en Señor del mundo?
Daniel se dio cuenta que era el verdadero Mesías. ¡Él era Dios! Y había venido al mundo a darle fin a la decadente existencia de los humanos, y a su declinante civilización.
_ “…Yo, su Dios en vida, hoy les traeré paz. Para siempre”_ dijo.

                                                            ***
¿Qué pensaría Matías Gonzáles al ver esas noticias? ¿Qué pasaría mañana, si él tuviera tras los parpados una similar revelación? ¿Y si de él dependiera derrocar el régimen que se alzaba contra los hombres?

Se miró en el reflejo de las ventanas del colectivo, detrás brillaba la ciudad, casi fantasmal, transparente. Le mareo un poco ver dos ciudades, una de frente y otra detrás. Se apoyaba levemente contra el barandal. A lo lejos brilló una estrella, y volvió a desaparecer tras las nubes contaminadas de la ciudad.

Sabía que aquel sueño no había sido solo una creación de su afiebrada mente. La música le sonaba en los oídos, le gustaba tener una vida seguida por rítmicos latidos vivientes. Sonrió.

¿Y si en él recayera una cruz de la que dependiera la salvación de toda la humanidad?  No le avergonzaba imaginarlo, todos los humanos han soñado alguna vez, que surcan los cielos como el águila más altiva.

Ahora una anciana, cansada y enferma, caminó lentamente hasta la puerta del ómnibus. Tosió, y pareció bambolearse débilmente, se sostuvo del barandal. El vehículo se detuvo. Nadie se corrió un centimetro para dejarle pasar.

¿De que servía salvar un mundo que no tenía nada digno de ser conservado?

Definitivamente no quería salvar el mundo. Pero en el sueño, aquella mujer le dijo: “Al amanecer, ve hacia allá”. El pálido dedo señalaba la ciudad silenciosa. Ni un rugido de motor, ni un asesinato. Recordó haber contemplado la estéril mano de los hombres, su inútil creación cubierta de bombillas de luces amarillentas. 
Todo caería.

Se metió bajo la ducha, las gotas caían perladas sobre unos cuantos bellos cobrizos. Se restregó la espuma de los ojos. Era raro lo que veía ahora, pero se había acostumbrado.

_ “Has estado dudando de tu misión. ¿He sido mal informada?”_ dijo una mujer de ropajes níveos. Los ojos violetas centellaron, mientras ella se acercaba una taza de té a los labios. Estaba sentada en el inodoro. 

Cuando hablaban, él recordó las colillas de cigarrillos sobre la vereda, los niños yendo al colegio, y sus compañeros de oficina. Su dedo caía una y otra vez contra las teclas del computador. Parecían pequeñas lenguas chasqueando. La vida le aturdía tanto, odiaba su trabajo.

_ “¿Por qué salvar algo que no merece ser salvado?”_ le respondió a la mujer, mientras se miraba en el espejo. La maquinilla de afeitar le recorrió las mejillas con un zumbido.

¿Qué pasaría si el Salvador de nuestra era, tuviese un ataque depresivo? ¿Si el “mesías” decidiera cortarse las venas?

Cuando Matías decidió quitarse la vida, una decisión que le fue muy difícil, había llegado el invierno del año 2000, ya los últimos rastros de hojas habían desaparecido, y el mundo se tornaba gris. Se oían rumores de un gran cambio.

La sombra de un anticristo se levantaba sobre todo el mundo. Pero por más que fuese la misión de Matías salvar a la humanidad, a él no le interesaba.

Cuando llegó al último escalón, que lo llevaba hasta la terraza del edificio, suspiró. Se había agitado demasiado. ¿Por qué no podía subir volando?  Miró la ciudad, el sol terminaba de ponerse tras un oleaje de nubes naranjas y violetas.

La ciudad bullía, rugía, latía acelerada, como presintiendo un final. Él, contempló el ocaso.

¿Era egoísta decidir sobre su propia vida? ¿Era egoísta construir su destino? ¿O destruirlo?
El asfalto gris se cubría de vehículos. Luces. Creyó reconocer la figura de la anciana de la noche anterior. Sonrío. No mucha gente lo hace antes de morir.

                                                                  ***

¿Y si Zina Abed fuera secuestrada un día al salir del colegio? ¿Qué pasaría si un grupo de asesinos de alguna extraña secta se la llevara?
La joven muchacha se apoyó contra la pared, estaba transpirada, pero tenía mucho frío. Unas gotas heladas le perlaban las sienes oscuras. Un mechón de rizados cabellos le cayó sobre el ojo.

_ “…así que será esta noche. Cuando les diga, tráiganla. El sacerdote se encargará del resto…”_ había oído decir. Una voz pesada y gutural, murmuró junto al guardia aquella tarde. El sol se estaba ocultando, y a ella le quedaba menos tiempo.

¿Y si ella fuese la virgen elegida para liberar un mal aterrador? Así era, esos hombres la tenían allí para acuchillarla y dejarle desangrar sobre un altar maléfico.

Se dijo: “Estás enloqueciendo. Vuelve a la cordura, e intenta huir”
Hacía un tiempo que sus sueños se volvieron tenebrosos, veía imágenes sombrías, seres que en un bosque de oscuras arboledas, le daban caza. Se veía devorada por lobos.
¿Por qué estaba allí?

La celda olía a heces de rata y humedad. Sintió el olor de las hojas mojadas y de las cáscaras de los árboles pudriéndose, en colchones de pino. Nada más venia de afuera. ¡Un grillo a lo lejos!

La noche cayó completamente, cuando Zina Abed escapó de su prisión. Se había armado de un caño, que arrancó con mucha paciencia de la pared, y un pedazo de vidrio, de una ventana rota, que envolvió en unos girones de tela de su camisa, para no cortarse.

Luego de un rato, de esperar temerosa contra la pared, sintió los pasos de su guardián.

 Dos pesados golpes, llamaron a la puerta, sonaron metálicos. Ella siempre había imaginado esas secuencias de horror. La televisión se encarga de darnos el miedo, como la capacidad de resolver las situaciones de una manera horrenda.

Se aferró al caño y al trozo de vidrio. Estaba completamente decidida, el miedo la había abandonado.
La puerta se abrió y un hombre cruzó el rectángulo de tenue luz lunar. 
¿Qué pasaría si una insignificante persona decidiera salvarse? Zina no pensaba ser entregada en holocausto a ningún dios extraño. A ningún Dios en fin.

 Antes que el hombre lo viera venir, la muchacha se abalanzó por su espalda, y le dio fuertemente con el caño en la cabeza.
El hombre cayó contra el duro suelo, Zina se subió sobre él, y le cortó el cuello con mucha fuerza. El vidrio se le hundía en la palma, mientras empujaba para abrir en dos, la garganta de su enemigo.

Notó que el rostro de su captor era conocido. Fue entonces cuando comenzó a correr desesperada.

La noche que Zina Abed decidió luchar por su vida, las hogueras de San Juan brillaban enloquecidas.
Cuando sintió las picosas hojas de pino húmedas tocando sus pies llagados, supo que estaba fuera de aquel horroroso lugar, y una leve brisa de alivio le recorrió el espíritu. Pero tenía que seguir, era la única forma de salvarse.

El bosque se perdía en la espesa oscuridad. Unas negras siluetas, cual gigantescos seres que ramificaban sus brazos hasta alcanzar el firmamento encapotado, se erguían en todas partes, como si quisieran ultrajarla. Sintió susurros, el murmullo de la grava y la hojarasca húmeda se arrastraba hasta sus pies.
¡Sí! ¡Ya venían tras ella!

El corazón le latía, se había decidido no mirar atrás, pero es difícil no saber a qué se enfrenta uno, y es más irresistible aún, no buscar caer ante el horror.

Respiraba, respiraba. Notaba, en la negra oscuridad, los destellos de relámpagos desgarrando en estrías platinadas el cielo.

El dedo mayor del oscuro pie de Zina, se abrió en dos, la chica se dio contra el suelo, el dolor le fue insoportable. La filosa piedra que le causó la herida, permaneció imperturbable. La muchacha se acurrucó en posición fetal, tomándose el magullado dedo sangrante. Había perdido la uña.

_ “¡Cuánta sangre desperdiciada!_” le dijeron. La voz le resultó tan familiar.

Un relámpago volvió a destellar, y  la oscuridad se quebró para dejarle ver el rostro de su madre. El caño que había usado para escapar le golpeó la cabeza. Zina Abed estaba completamente perdida.
                                                                    
                                                                    ***

Daniel Simons subía los escalones de su enorme mansión imperial, se supo vencedor. Era, al fin y al cabo, el hombre que había ayudado a la humanidad, a alcanzar la existencia utópica que tanto había anhelado.

De pronto, el cuerpo de Simons se estremeció, como si una fuerza sobre la que no tenía potestad, le invadiera. Sintió el corazón apretado, aprisionado contra el pecho, muriendo atravesado por una daga invisible.

Matías entre tanto, había cerrado los ojos, y para no oír las voces angelicales que le rogaban: “¡No lo hagas! ¡De ti depende la humanidad!”, se colocó los auriculares. Su tema musical preferido sonaba a todo volumen.

_ “…y con esta sangre bendita. Bienvenido seas Señor.”_ dijo un sacerdote en medio de aquel oscuro bosque. Zina, colgada de pies y brazos sobre un altar de piedra, forcejeaba desesperada. Una daga brilló en la profunda noche, ella solo gritó. Llegaba la nueva era.

¿Qué pasaría si la vida resultase, solamente, de la concatenación de las decisiones que hemos tomado? ¿Si se tratara del resultado que ocasiona la convicción de luchar, por cumplir los propios deseos?

El corazón de Daniel Simons sufrió un infarto, la vida se le había escapado, pero luego de treinta minutos, le regreso como un soplido sobrenatural. La bestia es muerta, dicen, pero está viva de nuevo.

En el segundo en que Matías Gonzáles expiró de cara al suelo, su misión dejo de ser real, dejo de contar. Y para el mundo no significó nada. Las olas del cambio se agitaban murmurantes.

Tres siglos más tarde, en medio de la plaza mayor de un pequeño poblado, un niño jugaba a ser héroe. Frente a él, la estatua del Gran Señor Santísimo, Daniel Simons, que había partido hacia tiempo ya, para volver a su trono magno de divinidad.

 El pequeño se sentía honrado de llevar el mismo nombre, quizás algún día, él sería tan grande.
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(Texto presentado en el concurso de relatos breves 2011 de Grupo Alejandria.)

sábado, 1 de octubre de 2011

El palacio Rojo (De la serie "La Noche Tortuosa")




Cuentan, que entre las malezas arboladas de los bosques asiáticos, junto a riachuelos de aguas danzantes, recubiertos por ramas de colores plateados, que se llenan de flores de loto rosáceas, se alza un palacio rojo, de columnas marfiladas.

En dicho palacio rojo, ensombrecido por nubes de un jabonoso tornasol, según dicen, habitan sombras silenciosas, que se arrastran susurrantes, bisbiseando, murmurando canciones mortecinas, canciones olvidadas. Tarareando canciones que antaño acunaron algún niño.

Éstas sombras, que son las siluetas desmemoriadas del pasado virtual de algunos hombres y mujeres, se deslizan al recibir un visitante, saliendo desde sus pútridos recintos, que otrora fueran felices y luminosos hogares, y les sirven, les adoran y les aman.

Son pocos los que han relatado el viaje y el retorno, pues son pocos quienes han vuelto de dichas travesías, y de cuerdos les ha quedado poco, si es que se cree posible que una persona como ésta,  pueda aun hilar memorias concretas, a través de realidades tan poco tangibles.

Pero, y he de ser sincero, mi relato, aunque corto, quizá, de mítico no tiene nada, pues aunque les cueste creer, resultará verdaderamente cierto, ya que fue a mí, a quien estos sucesos decidieron acaecerle.

Y es que sucede, que en todo viaje de un trotamundos, lanzado al hedonismo de la contemplación de los ornamentos y las bellezas que rodean las sociedades del hombre, se llega, de una u otra forma, a congeniar con estas vivencias de lo desconocido, de una manera casi esotérica, si es que no se choca uno con ese esoterismo y esa refulgente y fantasmal magia, de manera directa.

Me sucedió en  uno de esos tantos viajes, el último antes de recluir mi alma a las cuatro paredes de mi casa desierta, que choque con ese influjo de los espíritus milenarios y no pude hacer nada más que sucumbir ante el horror, de esas sombrías figuras que aún hoy parecen escurrirse, como lodos perfumados, por los azulejos y los tejados, murmurando y cantando sus arrullos sombríos.

Yo era un jovencito dedicado a la antropología, adorador de las corrientes del espíritu humano, de su tálamo de homo-sapiens, y de sus formas de relación de desarrollo y evolución psico-sociales, pero por sobre todo, de la afamada filosofía que ha hecho del hombre el centro de toda una supra religión que no ha hallado para muchos, pues para mí la ceguera se ha esfumado, par alguno comparable con su grandeza.

En los bosques y jardines de brillo sin igual, que se extienden por las tierras niponas, allá donde las culturas resguardan secretos quizá de edades muy lejanas, y el sol parece más viejo, cansado y rojo, y tiñe con su sangre escarlata en sombras, todo lo que se alza ante él, al amanecer y cuando llega el ocaso, fue donde caí ante el horror.

Había llegado desde Kuala-Lumpur, y de allí, haciendo varias escalas hasta llegar a la China inmemorial, me encontré frente a las paredes de la antigua ciudad prohibida, y bajo las luces de los fuegos artificiales más magníficos jamás contemplados.

Descansé bajo las estrellas, pues mi habitación tenía un pequeño balcón con sillones de dorados y azules brillosos, y fuera no corría más que una leve brisa, que ondeaba las hojas y las ramas, haciéndolas danzar bajo su influjo espectral. Antes de cerrar los ojos sonó el teléfono, yo casi había comenzado a soñar con siluetas, que parecían presagiar los oscuros acontecimientos que se venían sobre mí.

_ Hola…_ murmuré desperezando mis músculos relajados, una modorra profunda y pesada se había derramado contra mi cuerpo. Al otro lado, desde el tubo que se encontraba en la habitación 109 del “Hotel Rise”, Ronald Coptom dejó escurrir su voz nasal y aguda.

_  ¿Theodor?..._dijo_…buenas noches. ¡Disculpa la hora! Solo quería informarte que Patricia y yo pasaremos por ti cerca de las ocho o nueve.

Una risita nerviosa vino enredada con la interferencia, yo bostece y asentí. Mis amigos y su contingente habían organizado unas salidas guiadas por los alrededores más significativos de las antiguas ciudades y jardines perdidos.

_Pues, los estaré esperando_ comenté despreocupado_ ¿Debo llevar algo? ¿Comida?
Ronald pareció sonreír del otro lado, ésta vez más suelto, quizá por mis preguntas de ensueño.

_ No, Theo. Comeremos en los pueblos y sus restaurantes. ¿Es la idea no? Probar todos los ámbitos de las culturas.

Luego de unos segundos de susurros y murmullos sin sentido, de risas tontas y uno que otro chiste intelectual, le dije a mi amigo que necesitaba descansar, y colgué el teléfono. Hubiese sido mejor retrasar mi destino aciago.

Al despuntar el alba yo ya estaba despierto, me había duchado, mudado de ropa, y ahora desayunaba frente al sol rojizo que me saludaba en las estribaciones, rozando el cielo.

La recepcionista me llamó a la habitación, apenas se acercaban las ocho de la mañana, mis amigos me esperarían en el restaurante mientras yo terminaba de armar las cosas. Le dije que no era necesario esperar, yo ya estaba listo y llenó de expectativas.

Tomamos unos aperitivos, y charlamos sobre los tours que teníamos pensado hacer aquel día, a eso de las nueve y media, ni bien el sol parecía golpear un poco más contra los vidrios del restaurante, decidimos partir y comenzar con nuestros planes.

Debo admitir, que en derredor del mundo existen energías que no conocemos, quizás creamos, así como muchos han creído en dioses, que hay fuerzas que nos gobiernan, o que hay poderes efímeros sobre los que podemos tener plena conciencia, pues somos los centros neurálgicos de una civilización de avanzada. Pero, aunque creamos que olvidando hemos borrado de la faz, a esas fuerzas portentosas que antaño sumieran todo en sombras y pavor o en edenes de placer infinito, es más que claro que somos solo migajas frente al horror inmensurable que envuelve el mundo.

Cuando llegamos al antiguo puente, en las regiones sudestes de Tse-Xian, el medio día asediaba ya con sus rayos calurosos. A lo lejos se veía  un pequeño rio caudaloso, del cual nos llegaba un murmullo suave y despreocupado, quizás debería haber oído entre sus chapoteantes aguas, el parloteo de esas sombras hechizantes, pero no. 
Las arboledas de flores rosas nos bañaban en pétalos y dedos enmarañados de ramificaciones sombrías. Un aroma, dulzón y extasiante llegó a nosotros. El joven guía nos comentó los rumores mágicos sobre la zona, me estremecí, algo reptaba por mi lánguida figura. Lo supe.

Siempre lo supe, de manera inconsciente, tal vez, puede que vengamos programados para reaccionar ante los males que nos asechan, pero no despertamos a tiempo para escapar, gritar, o quitarnos la vida si no queda más.

Un puente nos llevaba con la mirada, hacia una pequeña aldea perdida, hacían generaciones que no habitaba allí ningún ser pensante, o al menos era lo que nuestro asiático amigo nos decía.

 El cielo se había cubierto de un resplandor rosado. A lo lejos, entre los bordes de un azul fuerte y las nubes grisáceas, unos hilos de plata relampagueantes se estiraban.

_ Creo, se aproxima fuerte tempestad_ dijo el guía. Nuestro ómnibus recién iría a las tres de la tarde, y la nube, negruzca y palpitante, parecía moverse con mayor rapidez. Una brisa primaveral, con aroma a lavanda y olivas, se mezcló con el olor de los cigarrillos, las gotas parecieron chispear contra mis anteojos. El bello aroma de la humedad. Humedad atroz.

Cuando la lluvia comenzó a precipitarse sobre las dieciocho personas del contingente, Kuon, el guía, nos llamó velozmente a guarecernos bajo los tejados del puente que llevaba al pueblo y al enorme palacio rojo, que todo lo gobernaba.

 Vimos como los vientos azotaban las arboledas y  arremolinaban, en jirones de agua y aire, las flores rosadas y las hojas. Mientras tronando, como enfurecidos dragones míticos, los relámpagos hacían temblar el mundo.

Patricia estaba sobresaltada, lo veía en sus ojos, sus pupilas parecían titilar enloquecidas, como si un fulgor de horror se le escurriera por el alma. Se abrazó a Ronald, se amaban mucho, desde siempre. Su pequeño y blanquecino cuerpo se prendió al de mi robusto amigo. Él, la abrazó sonriendo, disfrutaba sentir que podía protegerla, que podía espantarle todos los temores que uno puede resguardar.

_ ¿Qué pasa?_ le musitó Ronald al oído. Ella se arrebujó contra él, le miró fijamente con los lagrimales anegados.

_...la tormenta_ dijo Patricia susurrando, mientras descontracturaba su rostro en una mueca romántica. Le sonrió, también disfrutaba de saberse protegida. Sus ojos melosos centellaron, los rayos brillaban eléctricos, en ese océano verdoso que era su mirada.

Yo los contemplé, más embelesado, que aturdido por la estrepitosa tormenta, mientras, sin notarlo, en los lindes oscuros del cielo, un mal parecía agitarse. Suspiré, la lluvia no cejaría jamás.

_ ¡Vamos a palacio! ¡El bus no vendrá! ¡No puede pasar! ¡Mucha lluvia!_ Gritó el hombre en medio de la tempestad; sus ojos de rasgos tan cerrados, parecieron querer atisbar en medio de la oscuridad que de a poco se extendía sobre nosotros.

La tarde llegaba, y con ella una sombra más espesa que cualquier sombra, jamás yo había contemplado algo así. Jamás ninguno de nosotros habíamos visto, ni siquiera en la profundidad de nuestros horrores personales, una mancha tan maliciosa.

El puente pareció tragarnos en una negrura abisal, pues se extendía por más de tres o cinco kilómetros hasta llegar al pueblo, y atravesaba un rio de inmensurables características. Fuera, el agua bramaba, y bajo nuestros pies parecían escurrirse miles de cascos de caballos, tronando contra rocas monumentales, y de vez en cuando, solo cuando un par de relámpagos furiosos partían el cielo, podíamos contemplar completamente las vigas y tejas que lo componían todo.

Algo me parecía anormal en todo aquello, pues, tanto el río caudaloso, como el largo trayecto y la densa oscuridad, que a pesar de tener linternas no podíamos apartar completamente, imbuían en mí un halo de horror inenarrable. Respiré, suspiré. En la negrura no había nada, y también lo había todo.

De pronto, luego de un lapso de incontenible temor, una tenue luz comenzó a inundar la sombra, antes había sido tan solo un punto luminoso, ahora se abría como una boca brillosa, un rectángulo centellante al final del camino. Pero la luz era gris, gris y mortecina.

Entonces las formas se fueron modelando sobre el mundo opaco que nos rodeaba, y pudimos entender, gracias a la luz crepuscular, que habíamos arribado al pueblo, que desde el otro lado habíamos contemplado al llegar, tan pequeño y lejano.

A lo lejos, un edificio rojo se cortaba contra el cielo del atardecer, y su enorme sombra angulosa se proyectaba pesada sobre nosotros; lo ahogaba todo bajo un tufo pútrido y horrible. Temí, nunca había contemplado formas tan maravillosas y aterradoras, formas tan antiguas y de potestad inconcebible.

La lluvia aun asediaba sobre nosotros, y los cielos bramaban quejumbrosos cuando terminamos de cruzar el pueblo abandonado para llegar a las puertas del palacio.

Aquella vieja estructura, de presencia descomunal,  era el único edificio que se mantenía completamente en pie, y no había perdido sus techumbres ni formas, pues el resto de la ciudad, según sabíamos, había sido consumida por las llamas furiosas de un incendio hacía más de ocho siglos atrás.

Nadie recorría las calles malditas y solitarias de aquel lugar, salvo, los que como nosotros habían olvidado el temor y el respeto por aquello que nos es desconocido, o, quienes sin querer han sido llevados por una mano ajena a sus deseos. Quizás le diríamos asar, fortuna, o destino, yo diría cósmico horror o cósmicos males.

La puerta del palacio rechino al abrirse, y las hojas de madera amohosada  y recubierta de óxido en sus clavos gigantes, soltaron un soplido sepulcral que nos recorrió los cuerpos.

Ronald estaba enloquecido, la belleza del palacio, al igual que a mí, le despertaba ambiguos sentimientos, pues aunque el brillo de rojo y oro nos producía una paz onda, la sombra que todo lo rodeaba nos despertaba un oscuro resquemor.

_ Es maravilloso que aún se conserven las formas_ observó él. Yo le miré asintiendo, los contornos de lotos y ramificaciones se enredaban aquí y allá, hasta volverse aves y hojas, nubes y peces. Dragones de fuego luminoso y milenario.

Cuando por fin la noche había llegado, y la lluvia parecía mermar, el guía y nuestro grupo, se había establecido ya en un pequeño campamento, en medio del gran salón rectangular que parecía ser el centro del ominoso sitio.

Un faro eléctrico brillaba rodeado de insectos y alimañas minúsculas, como si fuera el último vestigio de lo impoluto, como si no hubiera otra llama de vida a la que aferrarse. Nosotros murmurábamos casi secretamente, mientras rehuíamos a imaginar las monstruosidades que solo la mente humana puede maquinar, sobre todo cuando en su interior, tan alejado de las raíces profundas de la tierra, puede percibir, que entre la silente oscuridad, hay algo contemplándolo todo con señorial decisión.

_ He oído muchas historias de estos sitios…_ dijo un muchacho. Tenía en las manos una jarra de aluminio, que había vaciado previamente de un sorbo, y ahora volvía a servir en ella un poco de licor. Se lo ofreció a otro tipo, que al parecer le acompañaba, y luego continuó.

_ He oído muchas historias de estos sitios ¡Les helaría la piel saber de ellas!_ sonrió, ahora extendió su brebaje hacia nosotros, Ronald rechazó el vaso con amabilidad, y miró sorprendido a su mujer, que lo recibió con ímpetu.

_ ¿Qué dicen esas historias?_ pregunté. Uno suele acostumbrarse al urbanismo, como a las leyendas que circundan siempre los cimientos de los pueblos. Siempre me interesaron los cuentos fundacionales de las civilizaciones y sus castas.

_ Pues…_ comentó_ Se habla que antaño, estas tierras pertenecieron a un gran terrateniente del Emperador, y dicen que era una zona muy rica y llena de vida. Pero, en algún momento, y por alguna razón, el terrateniente cayó en desgracia y arrastró consigo a todo este pueblo.

_ Y el pueblo está maldito…_ agregué yo seriamente. El joven asintió medio sorprendido, medio molesto, había en mis palabras una mezcla de mística y escepticismo que le resultaban innecesarios.

_ No crees en esas cosas ¿Verdad?_ me dijo. Yo, mientras terminaba de vaciar la jarra plateada y se la devolvía, hice una mueca que no terminaba de confirmar mi postura. Él sonrió de costado, y un vacío molar arruinó su perfecta dentadura.

_ ¿Has viajado mucho?_ preguntaba ahora el chico. El resto de nuestros acompañantes aún compartían sus conversaciones individuales, a pesar de estar todos en la misma ronda, mientras otros daban unas vueltas no muy lejos del pequeño campamento. Mis amigos, Ronald y Patricia, seguían románticamente apretujados, contemplando algunos agujeros del antiquísimo tejado, y trataban de vislumbrar a través de ellos alguna estrella o algún claro en el cielo.

_ SÍ. He viajado bastante. Y he oído también muchas historias. Theodor Newman_ me presenté estirándole la mano. Él se llamaba Andreas, y había nacido en Borneo, hacía poco que se dedicaba a los viajes por placer, y al igual que yo, buscaba en cada sitio una razón para comprender a la raza humana. Pero no compartía mi demente amor por el hombre.

_ No te imaginas las cosas que puede uno descubrir sobre los hombres_ dijo Andreas volviendo a beber, ahora me miraba con un brillo belicoso en los ojos, unos ojos profundamente negros, como sus cabellos enredados en rastas serpeantes. 

Luego de comentar sobre nuestras experiencias en los diferentes puntos del mundo recorridos, sus mitos y sus teogónicos conceptos, el joven volvió al tema del palacio, y recayó en su maldición.

Según relató, la gente de aquellos lugares había sido feliz, tan feliz como puede uno llegar a ser bajo el yugo de un emperador y su terrateniente. Contó que en aquel palacio siempre había fiestas, y que todas las gentes y señorías, y los príncipes y caballeros, y los habitantes del pueblo eran muy bien atendidos y se les bañaba, y se les daba de comer y beber. Los fuegos artificiales jamás faltaban, al igual que la música y la danza, y nadie se iba de aquel majestuoso lugar sin sus inciensos de pachuli, sus jabones perfumados o la piel tersa y pulida.

Pero, como en todas las historias hay un “pero”, y este se sucedió de repente y sin previo aviso.
El terrateniente del Emperador cayó en la locura, algunos cuentan que por razón de su soberbia ciudad, afamada por su belleza y buen pasar, y otros, porque dicen que la reina blanca, que habita en la profundidad de las montañas, le maldijo enfurecida.

Ésta última, y más oscura de las razones, es la más versionada, pues según han escrito, la doncella vino metamorfoseada en una pequeña niña enferma, tratando de probar la verdadera bondad del terrateniente y su gente, y golpeo las puertas de palacio, cuando él señor de este, descansaba. La niña llamo, pidiendo auxilio y compasión, pidiendo un baño, comida y atención, pero sus llantos no hicieron más que despertar al amo, que plácidamente dormía después de una noche de juerga y luces.

_ “¡Que los guardias se la lleven a los establos! ¡Ningún enfermo me ensuciara las losas y las alfombras, ni me contaminara la comida o los jabones! ¡Si alguien quiere hacerse cargo de ella, que la bañe en los establos!”_ gritó el hombre. Sus servidores, conociendo la secreta poca paciencia de su señor, obedecieron lanzando a la pequeña al estercolero.

Es aquí donde comienza el ominoso horror que destrozo la ciudad, en una cadena de horrores merecidos, venidos quizás de los corazones que dicen ser unos para mostrarse, en momentos menos convenientes, tal cual son.

Según Andreas, y los asentimientos y confirmaciones de Kuon, nuestro guía; el primer horror se sucedió la noche siguiente de la visita de la pequeña enferma, que, para sorpresa de los criados, al amanecer, ya no se encontraba en el establo, sino que al parecer había abandonado el pueblo, o al menos el palacio.

Era quizás la hora del cenit, cuando la música había comenzado a agolparse por los pasillos del palacio señorial, y las bandejas de comidas y desayunos, de licores y jugos, se movían de mano en mano, desde las cocinas hasta los jardines, y de las habitaciones a las piscinas de baño. Las voces se atiborraban en murmurantes cuchicheos y risas, las canciones hacían danzar a las bailarinas, y los hombres y mujeres del pueblo y su palacio, llegaban por todas las puertas y calles a celebrar su agraciada existencia.
Estaban tan completos que no necesitaban nada, nada más que su jolgorio y sus copas, nada más que sus perfumes.

La mesa mayor estaba servida, justo la mesa que iba en medio del salón en que estábamos sentados, los platos de oro y vidrios brillaban bajo las nubes de oro e inciensos. El señor masticaba y engullía, arrancaba a trozos los nervios carnosos, y las pulposas verduras y frutas, mientras veía como se contorneaban las doncellas en sus bailes deliciosos y sensuales.

Un grito de horror. Una voz que destrozaba los tímpanos de lo inhumana, como si viniera rasgada desde lo más profundo de la tierra, un chirrido abismal, pútrido y venenoso.

Todos gritaban al ver al señor comiendo aquel brazo de niño, descompuesto, agusanado, recubierto de costras venenosas y pestilentes. Un miembro de niño enfermo, que aun parecía retorcerse de dolor.
Una orgiástica y rítmica convulsión de asco se apoderó de todos, y mientras se miraban a las caras se vomitaban los unos a los otros, y se desmayaban o enloquecían.

El gran señor del palacio rojo se miró las manos, y contempló el horror que había en ellas. Pero se creyó víctima de una treta de sus comensales y servidores, y entre su locura y enojo, ordenó a los guardias dar muerta a todos los que se encontraban en el recinto. 

Entre gritos de pavor y locura, el señor comenzó a atravesar los cuerpos con su espada, mientras los guardias, le imitaban velozmente, cubriéndolo todo en un baño de sangre perfumada por los jabones y aceites.

Afuera la lluvia comenzó a precipitarse nuevamente, Andreas había detenido su relato, y nosotros le contemplábamos anonadados, era una muy buena historia de horror, y a mí me resultaba cada vez más creíble, o al menos eso quería creer. El resto del grupo se nos había acoplado, y ahora todos oían la extensa charla.

_... pero lo más espantoso no ha sido eso_ continuó el muchacho_ sino el mal que acaeció luego de esta atroz matanza.

Una noche, después de mucho tiempo del horroroso almuerzo, el señor del palacio se había recostado en su piscina personal, y se daba un baño para relajarse.

La fiesta había comenzado de nuevo, y la música bullía por los pasillos, como a él le gustaba que sucediera. La servidumbre iba y venía con los platillos, y los manjares, recorrían los baños y los jardines, y afuera comenzaban a prepararse los fuegos artificiales para el final de la noche.

Había oscurecido cuando el amo del palacio rojo se colocó sus atuendos señoriales, y bajo a comer junto a sus invitados y visitantes. Desde aquella comida frugal y aberrante, nadie le miraba fijamente a los ojos, sabían bien que era un señor terrible y poderoso, y que su cólera no tenía límite alguno. Todos sonreían a su paso, todos le hacían venias y le adoraban.

La música sonaba, los platos lo llenaban todo en olorosas estelas de patos, pollos, y demás manjares, mientras los aceites y jabones de los baños se mezclaban con el aroma de las sudorosas bailarinas.

Entonces la niña irrumpió en el salón, aquella niña que había sido rechazada y lanzada al estercolero como si no fuera nadie. Y depositó su pequeño y enfermo cuerpecillo, sin un brazo, en medio de la voluptuosa y rica mesa. El señor la miró con asco y horror, y recordó aquel nefasto día en que mató a todos sus tertulianos.

_ “Has de pagar por tu soberbia”_ le dijo la niña. Él tomó un cuchillo y atinó a clavárselo en la garganta, para luego verla caer contra los platos, jarras y alimentos, todos bañados en una sangre lodosa y pestilente.

El cuerpo de la niña convulsionó y se retorció, mientras una tentacular figura parecía salir desde dentro.
Entonces el bullicioso aire se vicio de un mal inconcebible, y los gritos de horror y espanto se mezclaron con los alaridos venidos del infierno, un infierno más espantoso que cualquier tártaro imaginado.

Y las aguas de los baños bulleron, hirviendo a quienes se bañaban en ellas, hasta quitarles las carnes como cueros, mientras los animales que habían sido parte de la comida, se comían desde dentro, a quienes les habían engullido. Y todos se arrancaban los ojos, y los oídos y se lanzaban sobre las llamas del incendio, para darle fin al sufrimiento.

Aquella noche ominosa, dicen los tátara nietos de los tátara nietos, que han vivido en los pueblos vecinos, que una sinfonía de horrorosa fuerza se alzó desde el palacio rojo, y se hoyo rugir a la señora de las montañas, enfurecida, tomando venganza por la soberbia del terrateniente. Y también cuentan, que los hijos de sus antepasados, vieron en las estribaciones del cielo, una luz que chispeaba crepitando ante la aurora, quemándolo todo a su paso.

_...y no quedó nada._ dijo Andreas, mientras nuestra saliva intentaba escurrirse por las gargantas resecas.

Debo admitir que aquella noche no me dormí completamente. Pues, aunque quisiera evitarlo, a mi mente venían las imágenes aterradoras de aquel estúpido relato, y, a pesar de haber pegado los ojos, mi alma y mi espíritu, estaban más atentos a cualquier mal, más aun que mis propios sentidos.

Abrí los ojos cuando la luz del alba me pareció dar sobre los parpados, y he de confesar, que hubiera preferido no despertarme nunca.

Cuando mire en derredor, junto a mí no había nadie, salvo el brillo pálido de una luz crepuscular.
Contemple en silencio, yo dormía recostado sobre una alfombra color escarlata, y frente a mis ojos se extendía ahora una mesa rectangular, cubierta de platos y bandejas, repletos todos de platillos y majares. Vinos e inciensos, luces y copas.

Suspiré sobresaltado, me incorporé de un salto, y note que aquella aparición era real, tan real como mis huesos que tiritaban, tan reales como que no era yo Theodor, sino otro, o quizás seguía siendo solo yo.
Cuando comencé a caminar mire en derredor aguzando los sentidos,  la música resonaban aquí y allá, en timbales y trompetines, en citaras y arpas, en cantos que se alzaban coreando voces plácidas. Me mire en el reflejo de una columna de oro, mis ropas brillosas eran raras, perfumadas, centellaban bajo las farolas de loto y papel.

¿Dónde estaban todos? ¿Dónde se habían metido mis amigos, y qué sucedía en aquel lugar? De pronto no había razones tangibles, que me demostraran si aquello era un sueño o un horror real. Si acaso ese espanto que me carcomía la carne en aquel momento, era solo un delirio del alcohol que me había consumido hasta llevarme al sueño de los ebrios, o la maldición de aquel palacio rojo, se había comenzado a extender sobre mí, era algo que no podía discernir en ese momento.

Sentí un alarido viniendo desde lejos, las voces de llantos aterradores me parecieron conocidas. Quizás Ronald, tal vez Andreas, o mi bella amiga Patricia, no lo sé, jamás podría adivinarlo, podría tratarse también del pobre Kuon, el guía chino. Caminé, subí las escaleras y corrí al encuentro de aquella sinfonía de chillidos espantosos.

Un largo pasillo de oro y azul se abrió ante mí, un pasillo de mil puertas y campanas, todas colgando de las vigas con aromas a abeto y mirra, llenando el aire de manera venenosa, de manera fantasmal. Fue entonces cuando vi las sombras, todas escurriéndose desde los recintos, con aromas a jabones y aceites, llenando todo con sus viscosas formas.

Una modorra se apoderó de mí, como si entrase mi ser en un éxtasis desconocido, como si todos mis temores se esfumaran, y ese pavor que me embargaba todo solo fuese un leve temor, un olvidable miedo.

Entonces una mano fría me tomó del hombro, y pude sentir toda la tristeza, toda la desolación, y el putrefacto hedor de las flores de mayo, que presagian el final de los aromas vivos. Sentí el horror, y supe que aquello no era una pesadilla siniestra, sino el verdadero mal cósmico guiándome los pasos.

Los vapores de las aguas perfumadas se levantaron sobre el aire, y me dieron de frente en la cara, quemándome la nariz, como un opio que me languidecía y me enredaba en un sueño contra el que yo no podía luchar, ni resistir.

En mi somnolencia comencé a notar los esqueletos adormecidos y pútridos, al igual que los que aún permanecían medio despiertos, y parecían estar bajo el mismo influjo que me poseía  a mí de a poco.

Patricia flotaba casi muerta, con su cuerpo masajeado por los dedos fantasmales de unas cuantas niñas grises, que sonreían en silencio, mientras le peinaban los cabellos y les llenaban de aceites y perfumes. Otros más parecían bambolearse cerca de los bordes de las piscinas, mientras uno que otro, hervido ya en los perfumes infectos, moría a gritos desesperados pidiendo piedad.

Fue entonces cuando desperté del trance, en el momento en que un chirrido horroroso, de una voz tan inhumana como diabólica, me quebró los tímpanos. En el momento en que supe que si no volvía en mí sería consumido por un pavor que jamás mis venas habían imaginado poder soportar.

Solloce mientras mis gritos desagarrados se chorreaban en sangre espantada, por mi garganta casi reseca y cerrada. Lloré sabiendo, que si mis pies no podían soportar las espinas de las rosas lanzadas sobre el suelo, no volvería a ver jamás las luces de un amanecer.

Mis pies se movieron ligeros, patine y caí de cara al suelo, abriéndome la frente y sangrando, mi visión se nublo, las gotas me cegaban completamente, y yo no podía hacer más que seguir huyendo con mi instinto como guía.

Cuando por fin atravesé el último tramo del pasillo, asustado y enloquecido, creí haber logrado liberarme del mal y del cósmico horror. Pero mi desgracia fue mayor cuando, llegando al salón donde habíamos acampado anteriormente, la contemplé. La niña enferma y sin brazo, mirándome fijamente, con una mueca de inocencia demoniaca en sus labios informes.

Me detuve en seco, con el grito apagado en la garganta, mientras la veía allí, silenciosa, fantasmal.
Su cuerpo pútrido se estremeció y pareció estallar, en pústulas de pestilentes formas y colores, con una viscosidad aberrante e informe. Unas tentaculares formas se rasgaron desde su carne rajada, mientras desde dentro parecía nacer un ser ajeno a cualquier universo que nos es conocido. Un ser tan abisal, tan antiquísimo, que ni siquiera nuestros dioses y sus bestias podrían asemejarse a tal aberración.

Y allí la contemple, cubierta de esa sombra sin nombre, y de ese fuego y ese hierro que todo lo ha doblegado, esa misma virtud por la cual la tierra toda ha sido forjada. Lo sabía, era ella, la señora, la reina, la “Mater”, que todo lo cubre con su seno.

No recuerdo específicamente el momento en que fui libre, y no se tampoco por cuales gracias sobreviví a tal espanto. Puede, y tal vez sea la única razón, que la locura me haya servido de excusa, pues ninguno de los que conmigo estuvieron aquella vez, ninguno es recordado.

Dentro de las posibilidades de lo tangible, de lo que uno puede mensurar y mencionar, no tengo muchas de las cuales servirme para poder explicar que me sucedió aquella vez, entre las horrendas y ominosas tierras de Asia olvidada. Pero lo que sí puedo saber, y ante lo que no queda ninguna duda, es que la vi, y era la voz que mana desde las profundidades de la tierra.

Era ella, la misma que nos ha habitado y nos habita, la misma que clama por nosotros, y que jura venganza.

Era ella, y, aunque agradezco haber sido perdonado, quizás para relatar este horror, preferiría haber muerto cocido por los perfumes, placenteramente, en aquel antiguo palacio rojo. Porque ahora los siento, escurriéndose contra las ventanas de mí casa, bajo las puertas, con ese aroma a jabones y aceites, tras el murmullo de sus canciones sombrías, bajo el pálido y gris influjo de ese palacio rojo.

La siento murmurándome al oído, en las noches, contándome que se encuentra cerca. La veo, brillando en mis ojos, con dulzura y quietud. La veo allí, siempre atenta.


martes, 16 de agosto de 2011

El miedo interior. (De la serie “La noche tortuosa”)





Esta historia viene a mi de manera confusa, no se si quizás fue un sueño tétrico tejido entre las sabanas de mi alcoba, o quizás sea solo la voz de una pobre mujer, una vez bella amiga, que esperó el fin de sus días, tras los largos jardines verdosos de un olvidado manicomio.

Me llegó diciendo, así como versan los relatos de horror, que una noche todo había llegado a su fin, y que no le quedaba más que esperar.

Irina había llegado hacía varios años atrás al país, se había escapado de las guerras y conflictos que se suelen repetir en los confines del antiguo continente, y, desde que escapara al horror de la muerte y las armas, se había vuelto una joven prolífica y llena de vida.

No está de mas decirles, que así como todas las jóvenes, hermosas y llenas de talento exultante, Irina, en unos años, allá por 1980, se había convertido en una afamada cantante, actriz, y mucho después, en una prestigiosa Super Modelo.

Como tal, mi vieja amiga, se hizo de un grupo de paparazzis, críticos de moda, diseñadores, fotógrafos, y hasta fue una vez, mirada quizás durante unos treinta segundos, por el afamado Andy Warhol.
Según ella, la vida le había comenzado a sonreír, y su extremada belleza androgina, a su vez tan doncellesca, le acercaban cada vez más a un pasar de opulencia y descontrol.

Pero, el frío invierno de 1983, la vida de luminarias y alegría, de fiestas con cocaína rebosando en los anaqueles y mesitas de living, de champaña espumosa y plastiqueria, llegó a su fin.

Irina regresaba aquella noche de hacer un comercial para un perfume, y unas fotos para la tapa de Vogue del invierno de ese año. Estaba cansada, le habían invitado a una fiesta cerca de las doce de la noche, pero, y aun sabiendo que era importante que ella estuviera allí si quería seguir brillando, sus fuerzas se le iban de a poco y su cuerpo le pedía dormitar. Quizás solo recorrer los limites donde gobierna Morféo.

Bajó del ascensor rápidamente, no le gustaba que sus vecinos la reconocieran, aun esquelética, tras esa figura casi raquítica y vulgarmente maquillada, sin aretes ni joyería, el cabello erizado y una capucha sombría que le ocultaba casi de los demás ojos. Porque aun así, sin vestigios de su efímera felicidad, los demás ricachos idiotas del edificio, veían a la chica de la tele y de las grandes pantallas, aquella que era, en esos momentos, la que estaba en boca de todos.

Pero ella me contó algo más, que en verdad me erizo la carne, fue como saber, que aunque escriba esto, tratando de evitar que a todos los hombres les llegue un fin similar, estamos atados al cósmico horror que nos rodea, del cual depende nuestro fatídico destino.

_Sabes que no puedes huir _ me susurro al oído. Así, con la misma voz, en los suyos, había sentido Irina la presencia de alguien más en su casa.

Estaba ya en el vestíbulo cuando le pareció sentir una voz, se había tomado unas cuantas copas, y tenía unos doce gramos de cocaína en las espaldas, quizás alucinaba, no le parecería nada raro ver cruzar por el living a un elefante con lánguidas y estiradas patas.

Mas aquella voz le resulto familiar, la propia podía decirse, una bisbiseante lengua que se arrastraba sensual por sus oídos. Se estremeció y volteó, mareada cayo al suelo.

Un rato más tarde abrió los ojos, se encontró tendida en la cama perfumada de Chanel Nº 5, y con un vestido hermoso, lista para salir de fiesta, se sintió preocupada, creyó quizás que había perdido la cordura completamente, y ebria como estaba, se había pasado las ultimas horas preparándose para el evento. ¿O se quedó dormida? Posiblemente su llegada al apartamento había sido solamente un sueño estúpido.

Se paró frente al espejo del baño, todo recubierto de bombillas luminosas que reflejaban el delirante blanco de las paredes, se miró fijamente a los ojos y volvió a sentirse mareada. Algo raro se retorcía dentro, no había vomitado los últimos días, se había sentido muy mal y prefirió guardarse un poco. Pero a pesar de eso, se sabia terriblemente enferma y había llegado a suponer, que los malestares estomacales se debían a que su cuerpo no acostumbraba comer mucho, y si lo hacia no lo mantenía dentro mucho tiempo.

Se repuso, y mientras se apoyaba sobre la larga mesada del lavado marmóreo, comenzó a quitarse el maquillaje lentamente.

_ “Entonces la vi”_ me dijo_ “Estaba corriéndose por mi rostro cada vez que me pasaba los algodones y me corría las sombras, me miraba fijamente con un brillo malicioso, era espantoso verla. ¡Tan altiva! ¡Tan terrible!”

De pronto se sacudió aterrada, me miró fijamente mientras balbuceaba, sonrió demencial y volvió los ojos hacia la nada.

_ “Sabes que no puedes escaparte” _ le dijo_ ...”y yo la mire asustada, la reconocí rápidamente, era la misma, mirándome a través de ese endemoniado espejo, me apoye contra la pared. Ella me sonrió, con esos labios carnosos e informes.”
“Su imagen era la mía, pero por mas que yo estuviese contra la pared, espantada y casi al borde de la locura, ella seguía en su trayecto hacia mi, mientras las carnes parecían desprenderse, dejando relucir unas formas monstruosas que no me atreveré a describir, pues no hay aun en mi mente, algo que me sirva para asemejar esas aberraciones.”

Irina respiraba presurosa, como si alguien le viniera persiguiendo, tomo su cigarrillo y fumó, dio una profunda pitada, y soltó el humo sumiéndolo todo tras una zenda neblina.

_ “Yo corrí, salí enloquecida del baño cuando sentí su fuerza presionándome contra la pared. Huí cada vez mas cerca de la insanía mental, desbocada por los corredores del penthouse, buscando un lugar donde no me hallara”_ dijo_ “ subí al ascensor y me fui hacia abajo, quería subirme al auto lo más pronto posible y escapar de esa maldita arpía. Siempre supe que llegaría a buscarme”

La observé con el corazón casi saliéndose por mi boca, ella ahora miraba su muñón, el de la mano derecha, donde siempre había llevado unos relojes de lujosos materiales y una francesa impecable, allí donde algún muchacho le beso, si no usó para otros tratos.

_ “ Cuando me subí al auto puse las llaves desesperada, una uña se me quebró hasta casi cerca de la cutícula. Dí un grito de dolor, el dedo me sangraba y la maldita llave no hacia mucho para tranquilizarme. Lloré enloquecida”_ Irina continuaba su relato y parecía sumirse en las nieblas de esos días, porque se miraba profundamente la mano, como leyendo en ella los trazos terribles de su vida.

Continuó.
_ “Entonces la vi, brillando a través de mis ojos, con todo el infierno del vacío abismal en sus pupilas acuosas. Era ella, en su imagen mía, como si mi cuerpo todo se metamorfoseara, como si de mí se borrase todo vestigio, y solo quedara ella”.

Entonces me miró fijamente una vez más, y me pareció ver en sus ojos todo ese mal y ese miedo sin nombre, creí verme a mi desarmandome en piel muerta, y volviéndome una atrocidad que me era ajena.

_ “Entonces mi mano...” _ murmuró_ “Entonces mi mano comenzó a cambiar, y mi uña rota a despedir una sangre espesa. ¡No! ¡No era sangre! Más bien una baba apestosa e infecta, un mal que tenia forma”.

La piel se me erizó.

_ “¡La piel se volvía en costras y heridas que se abrían para dejar salir eso desde dentro, como hierro y fuego que me hervía las entrañas!” _ dijo desesperada. Yo volví a tragar saliva en un pesado sonido, la habitación parecía ahora haber cambiado, y una sombría sensación me recorría la espalda, como cuando sabemos que alguien, en la profunda oscuridad, nos esta observando.

_ “Entonces... Entonces me desperté sobre la cama, empapada en sudor y lagrimas de espanto, entonces supe. Supe que aquel mal estaba allí, reptando por las paredes y el suelo, con un hálito venenoso y fantasmal” _ dijo silenciosa, y luego estallando vociferó.

_ “¡En ese momento su mano se vino sobre mi cuello, y me aferro fuertemente, yo no pude hacer nada, mis extremidades parecían estar presionadas por una fuerza externa, y no había manera de hacer algo! ¡Grité, grité hasta que me sangro la garganta y comencé a ahogarme, ella seguía presionando, yo me sentía morir!”

Traté de respirar.

_ “Fue allí cuando tome las tijeras con las que me había cortado a mechones el pelo hacia unos días atrás, estire la mano hasta ubicarlas, y con toda la fuerza que me fue posible, la descargué contra la pesada mano que me asfixiaba. Un alarido de dolor y furia surgieron al mismo tiempo, sentí como un corte más profundo dentro de la garganta, y mi rostro se cubrió de sangre cuando escupí, mientras la mano sanguinolenta y echa jirones, se contorneaba y retorcía sobre mis mejillas”

_ “Una puerta de fuego y oscuridad, una llamarada de solares relámpagos y vestías informes se movió a través de la dimensión habitada por el horror cósmico. Y ella, la reina de fuego y hierro, esa tentacular figura que se ondea en la oscuridad del helado océano exterior, me observó con esos ojos que jamas olvidare, porque los veo en el espejo siempre.”

Y en ese momento volvió a tomar su taza de te, con la mano izquierda claro, y lentamente, mientras miraba el liquido rojizo, casi negro, le dio un sorbo.

_ “De repente sentí mi cuerpo sacudirse, y mis piernas se elevaron sobre el aire pesado del cuarto, como si fueran succionados por una energía poderosa que venia de aquella horrorosa visión. Mis pies hicieron como erupción, mis uñas reventaron en pústulas pestilentes de sangre viscosa, yo grité del espanto y enloquecí completamente, mientras veía como mis piernas se tornaban en raíces negras de una carne antiquísima, en la que fluía y refluía el poder del cosmos mismo”

_ “El alba hizo su aparición apenas antes que ella pudiera atravesarme el corazón y terminar de corromperme por completo” _ comentó de una manera más despreocupada y carente de expresiones sombrías.
_ “Pero se que me sigue esperando”_ bebió otro sorbo de té_ “ al parecer me ha dado una larga tregua, pero sigo esperando a que decida por fin dejar de usarme para seguir creciendo”.

La observé con gravedad en aquel momento, el halo de misticismo y terror se había esfumado de pronto, y yo ahora entendía porque mi joven amiga de treinta y tantos años, se encontraba al borde de ser internada.

En otra ocasión, la ultima vez que la vi, en el otoño del 92', me dijo que “Ellos”, como les decía, pronto volverían, y que nuestras vidas no habían sido más que marionetas de sus antiguos deseos, y que era hora de retribuirles tantas gracias dadas.

Irina falleció en la primavera del 95', había salido del acilo desesperada, y robo un automóvil, por las botellas se supuso que estaba muy ebria, aunque no se podía comprobar de manera certera, porque de su cuerpo no había quedado nada, salvo unas uñas prendidas del tapizado del volante, el resto ardió junto al vehículo.

Yo se bien que ese horror terminó por tomarla. Lo vi aquella vez a través de sus ojos,. Por eso espero el momento de que él venga por mi, le veo en mis ojos, detrás de estas paredes, en el verde jardín del maldito manicomio.