Visto desde la nada...

Irreal

Irreal
"Y ya no hubo despertar. El verdugo electrónico, había decidido que era el fin de los hombres"

martes, 28 de junio de 2011

"La pobre Niña Roja que quería seguir otro camino ( o Muchas veces los lobos no asechan a Caperucita solo en el Bosque)" (De la serie "De cuentos de Hadas y otras Chapuserias")

Corrió hacia él mientras trataba de tomarle la mano, corrió sabiendo que quizás sería la ultima vez que aquellos dedos suyos, tan pálidos, lograrían alcanzar siquiera, un mínimo rose de esa piel que tanto la había enardecido, entre esos besos de pasión lujuriosa, sobre esa cama, allí y... 

... ( Abrió los ojos sobresaltada, había estado durmiendo mal los últimos días, miraba el techo dorado de su habitación, el claro y luminoso murmullo del amanecer se tendía sobre la ciudad. 

Caminó lentamente hasta la puerta, su muy querida Riushi estaba allí, esperándole con la mirada clavada en el suelo, y con una cara casi pálida, quizás por temor, o tal vez por respeto. 

"Su alteza"_ murmuro la joven, y ella hizo una venia mientras seguía su camino. 
Siempre había odiado ser quien era, siempre le había molestado mirar al frente y alto, como si su sangre fuera más valiosa que cualquier otra sangre, como si su voz, sus ojos o quizás toda ella, fueran parte de algo más noble, sublime o divino. 

Akako San siempre había sido una modesta, odiaba la posición que ocupaba en la familia y odiaba más aun ser hija del Emperador, porque, por alguna horrenda desgracia ella jamas podría decidir sobre quien seria su amado por toda la vida, sino al contrario, y aquello iba en contra de todo lo que ella creía. 

Desde que tenía memoria, la vida le había parecido cruel.
 En las noches oscuras y tormentosas de su niñez una sombra la atormentaba, y hasta ahora la sombra, que tenia la cara de su padre, la sonrisa de su padre, la voz de su padre y el mismo olor, la seguía torturando. El cuerpo era pesado, pero las lágrimas de Akako San se habían secado hacía tiempo, ya no había nada allí, ella solo miraba el techo dorado, el mismo que todas las mañanas veía, y respiraba lentamente, mientras el jadeo inconfundible del Emperador se mecía sobre ella.

Caminó hasta el cuarto de baño con Riushi, la muchacha le lavaba el cuerpo desde que se conocieron, cuando su alteza contaba con seis años y ella con once. Hacía tiempo ya, pero no tanto, diez años para ser precisos, años de tortura para ambas. Una sangrando y la otra purificando. 

"¿Crees que tengamos otra oportunidad? ¿Otra vida donde podamos ser felices?"_ dijo Akako. La sirvienta le miró mientras le acariciaba el pelo y le enjuagaba la espalda. Asintió. 
"¿Crees que mi nombre este maldito Riushi?¿Que por eso este condenada a sufrir? Mi abuela lo dijo, sabes?: "Akako, ay!, pobre de ti Niña roja"_la sirvienta sonrió y negó en silencio. 

"Su nombre no esta maldito su alteza, es un nombre bonito, esta lleno de valentía para mi, yo solo soy Riushi y nada más"_ comentó la chica. 

"Pues deberías estar feliz, eres libre y y no dejas de ser tu para ello". 

Las cabezas de los miembros de la corte estaban todas gachas cuando ella entró al salón mayor, vestía de oro y marfil, y sobre la cabeza llevaba adornos miles y colores de todos los tipos, su piel pálida era mas pálida aun, y era hermosa, tan hermosa como lo hubiera sido la Reina de las Nieves. De piedra perfecta.. 

Solo diez y seis años tenia, tan solo eso, y no amaba a ese Príncipe Shino, con el que iba a casarse, amaba a Kazuo, de la guardia real, a él y nadie más, a él que la había besado sobre los árboles en flor, a él que le había acariciado el cabello, a el que jamas había traspasado la flor entre sus piernas, ni por deseo propio, ni por deseo de ella, ni aun por ser un hombre recostado con una mujer. 

Akako amaba al noble caballero que solo había rosado sus labios, y que con solo eso había logrado hacerle arder el alma. La pobre Niña Roja amaba a alguien, pero ese joven la merecía menos que el Príncipe Shino, porque, el noble, más allá de ser un detestable lobo que usurparía sin permisos, tal como el Emperador, la juventud en flor de nuestra doncella, tenia un don magnifico, y era el ser hijo de un Noble. ¿Cuan noble?. 

Akako San continuó con la mirada alta, observando el cielo de hojas de oro y madera, el pachulí flotaba por el aire, las campanillas sonaban aquí y allá, y los ruiseñores piaban alegres, todo parecía hermoso, como en los bellisimos cuentos en los que las princesas viven eternamente felices. Su corazón retumbaba..bum,bum,bum... 

"Akako, Akako!, te he dicho que no te acerques al bosque...Ay!Pequeña, te has cortado con una espina"_ su nodriza le tomó en brazos y le acariciaba el pelo, Riushi también estaba allí, y su madre, su madre miraba desde la mesa del patio. La rosa blanca se cubría de sangre, la nodriza le curaba la mano. 

Caminaba hacia su padre, Sacerdote, Emperador, unión con las divinidades, otro maldito lobo feroz, ella le sonreía cual si le amara, Él, como si alguna vez le hubiera respetado. 

La doncella tomó la mano de su prometido, él la miro maravillado por su belleza, deseoso de probar su carne, anhelando ser parte ya de esa casa real. 

Bum, bum, bum... el corazón de Akako retumbaba. 

"No le tomaré como esposo"_ bum,bum,bum...dijo su corazón mientras ella sonreía y el Emperador se lanzaba con una mano pesada y la tumbaba sobre el suelo. 

Kazuo rompió filas, y lleno de rabia arremetiendo contra Shino y a su vez trató de matar al Emperador, ella lloro, y también de sus ropas sacó una espada. Pero la guardia reaccionó con rapidez, y cual una ráfaga de viento que rompe fuerte contra una frágil rama, arrasaron con el muchacho. 

Corrió la dama  hacia él mientras trataba de tomarle la mano, corrió sabiendo que quizás seria la ultima vez que aquellos dedos suyos, tan pálidos, lograrían alcanzar siquiera, un mínimo rose de esa piel que tanto la había enardecido, entre esos besos de pasión lujuriosa, sobre esa cama, allí y mientras intentaba besar en el aire el alma que se desprendía del cuerpo de su amado, cayó de cara al suelo y abrazo el cadáver. 

Los labios en sangre, las manos en sangre, beso esa boca color escarlata y abrazó ese cuerpo frío ya, dormido ya. Muerto. 

Las lágrimas le recorrieron el rostro, la corte entera la miraba como si fuera una mujer cualquiera, agachaban la cabeza, si, pero para mirarla a la cara, para ver sus labios temblorosos, para ver sus ojos manchados, no le tenían respeto, ella ni siquiera merecía a Shino, era una Zorra, una cualquiera. 

El emperador alzó la mano, vociferó unas cuantas cosas, de todas Akako, solo entendió: "me deshonras"...mientras trataba de respirar, sentía una presión en el cuerpo, era como si el cuerpo de su padre el Emperador volviera a estar sobre ella. Respiro más, más, otra vez y por fin, como si fuera en una abanicado golpe de ventisca matinal, el aire ingreso en sus pulmones, mientras cerraba los ojos y se sentía libre. 

La guardia vino sobre ella, ella volvió a respirar...Bum,bum,bum...unas finas hojas de metal oprimieron su pecho, su espalda y su vientre...bum...ella volvió a respirar...bum...un dolor punzante que soltaba todo el aire de su cuerpo, abrió los ojos mientras sonreía. 

"¡KAZUO!"_murmuro...bum...bum... 
-bum-

***

Abrió los ojos sobresaltado, había estado durmiendo mal los últimos días, durante dos segundos miró el techo y corrió al tocador, llegaba tarde a la facultad. 

El desayuno estaba en la mesa, tomó un bocado, besó a su madre y corrió hacia las escaleras. 
Ya, dentro del auto de Natalia, sonrió de nuevo.
 "Buenos días Nat..." 

"Buen día dormilón", ya pensé que no íbamos a llegar_ dijo la chica. 

"¿Nat, puedo hacerte una pregunta?"_dijo é. Ella dijo que si con la cabeza.
_ "¿Crees que tengamos segundas oportunidades?" 

Su amiga le miró sonriendo y le dijo :-"Ya lo creo que si. Claro que si..." 

martes, 21 de junio de 2011

La virgen negra (De la serie "La Noche Tortuosa")



Dicen los abuelos, así como se dicen tantas cosas sobre leyendas y supersticiones, que en Tindari, un lugar cercano a las costas occidentales de la isla de Sicilia, una virgen de color negro era adorada. Y cuentan que una mujer, allá, hace muchos años, mirando la imagen y diciendo de esta que era poco agraciada, fue castigada por la Madre de Dios.

Su hijo, quien la acompañaba en ese momento, fue raptado por una mano fantasmal y llevado lejos, hacia las orillas del océano, que a propósito de las fuerzas del cielo, se habían secado para proteger al niño de las frías olas; mientras su madre era aleccionada de tal forma.

Vengativa es la madre de dios, diré, y específicamente mi relato se centra en una historia parecida, tomada en menos, pues se sucedió hace tiempo, en regiones lejanas de la América perdida entre las selvas frondosas.

En el pueblo de Santa María Justa, ubicado casi al borde de la amazonia, vive un grupo de gente muy peculiar, que si bien alguna vez fueron felices, hoy solo esperan de manera respetuosa, el juzgamiento de sus actos, ante la tirana presencia de un Dios dictador.

Marco Messina, un joven sacerdote italiano que hacía poco había comenzado a actuar como un “Verificador” de milagros para la Iglesia Católica, se encontraba hacía ya varios meses en el pequeño poblado. Pero solo las primeras semanas fueron dedicadas a la investigación de las milagrosas apariciones de la Virgen Negra, como le decían los lugareños a aquella doncella de hierro y fuego, que les había venido de los cielos hacia tiempo ya.

El Cura se había enterado, que mucho tiempo atrás, un 2 de febrero, de 1922, la virgen en carne y hueso, llena de furia por los pecados de lujuria y sodomía que se cometían en aquel lugar, vino cubierta en llamas y sombra, con una tez oscura y unos ojos teñidos en sangre, dispuesta a castigar en nombre de Dios los males de este mundo.

La historia sonaba dudosa, la supuesta virgen María, en menos de unos minutos, había consumido todo con una bocanada de fuego, mientras les hacía ver a los ciudadanos horrorizados, las vividas imágenes del infierno que les esperaba.

Para Marco resultaba difícil el trabajo, los primeros días sintió abismales ganas de desentrañar el misterio, pero, después de un tiempo, la pesadez del aire sensual repleto de olor a café y madre selva, los cuerpos ondulantes de los felinos salvajes a lo lejos, y las caderas de las muchachas y muchachos, danzando en derredor de las hogueras nocturnas, al son de un tamboril estrepitoso, le terminaron hechizando.

Había caído bajo el sutil embrujo que la amazonia suelta a los vientos, ese maleficio que despierta lo natural en los hombres, un sortilegio cantado por los árboles y las criaturas que gobernaron alguna vez este mundo, y que excede a cualquier dios humano.

Se encontraba tirado sobre el sofá, con la túnica desprendida y el clergyman sobre la mesita de té, el aire estaba lleno de humedad y un calor insoportable se alzaba desde el suelo. El cuello del muchacho se bañaba en sudor, y él, silenciosamente, perdido en sus pensamientos, recordaba los labios salinos, atrapados en una noche de baile y alcohol, de aquella muchacha que hacía unas semanas atrás, había ingresado con su familia a la selva para no regresar.

La chica, de una belleza extrema y de cabellos oscuros, era, sin más vueltas, una nativa de ojos melosos y tez oscura. Le había contado, en una de esas noches de alcoba enviciada por el hedor de los sexos, que la Madre Negra, que había castigado una vez a los de Santa María, había jurado volver para desarraigar a los blancos que le hacían daño.

En aquella ocasión Marco la oyó embelesado por los labios y la dulce vos neutral, a veces de un léxico casi grotesco,  y al sentirle decir tantas cosas, de las que no tomó cuenta en primera instancia, se vio perdidamente enamorado.

_Buenas tardes Padre Messina, tiempo sin verlo_ dijo una voz en un italiano tosco. El joven sacerdote se incorporó bruscamente al sobresaltarse reconociendo aquel sonido.

En el umbral de la puerta se encontró con Antonio Munilla, un viejo y cansado clérigo, que en otro tiempo se había dedicado al estresante trabajo que hoy debía hacer Marco. El hombre, una eminencia ya en los casos de comprobación de milagros o estafas, se había visto obligado a entrar en acción, ante la incompetencia del muchacho.

_Buenos días su señoría_ respondió el hombre luego de haber tomado valor y aire. El viejo le sonrió mientras cerraba la puerta tras de sí. Se acercó caminado lentamente hasta el sofá de mimbre, se quitó el sombrero de paja que llevaba puesto, y se reclinó dejando la sombrilla apoyada contra el reposa-brazos.

Se miraron ambos por cortos segundos y soltaron un leve suspiro, Marco se levantó rápidamente y en silencio, para procurarle un poco de agua fresca al viejo, que, aun muerto de calor, mientras se secaba delicadamente la transpiración con un pañuelo marrón, antes blanco, mantenía esa imagen sacra de rictus inmutable.

_Me sorprende su visita tan pronta_ dijo Marco una vez de nuevo en el asiento, pero ahora estirado sobre la mesa central, con el rostro fijo sobre el otro hombre.

El padre Antonio sonrió de costado, con una mueca sardónica, se sentía molesto por las moscas, el sudor insufrible y el constante ulular de la lindante selva. Bebió un sorbo del vaso.

_ Hubiese preferido un whisky_ comentó.  Marco se levantó en ademan de ir a servirlo, pero el viejo le interrumpió.

El joven sacerdote lo miró sin decir palabra alguna, por un momento se sintió avergonzado y bajo los ojos, unas lágrimas le recorrieron los ojos, sabía, que por alguna razón algo le había desviado de su misión, se sentía abrumado.

 La mano del viejo sacerdote le tomó el hombro, Marco subió la mirada lacrimosa de nuevo hacia el hombre, que lo miró compasivo pero amonestante.

_Lo siento tanto, ella me había dicho que caería sobre mí la maldición de este pueblo, trágica hora en que vine a parar aquí. Ya no me reconozco_ dijo limpiándose el sudor de los labios y la acuosa secreción de sus narices.

Un ruido vino desde el fondo, allá en las habitaciones traseras; de repente un muchacho desnudo atravesó el cuarto hasta la cocina, y volvió a perderse hacia el pasillo con una botella en las manos, ambos hombres se quedaron callados un momento. Munilla se puso firme, parecía un pilar negro inescrutable tras las sombras de la habitación de barro, Marco se puso de pie y se encontraron cara a cara.

_Pídele que se marche, hay cosas demasiado importantes de que hablar y no deben ser oídas por cualquiera_ dijo el anciano cura, a lo que el muchacho reaccionó rápidamente.

Ya solos comenzaron a platicar y a compartir la poca información que les era común, mientras trataban de descifrar algo.

Los siguientes días fueron puestos al servicio de la investigación, la recopilación de datos y de todo lo que se pudiera decir sobre el tema, y aunque el trabajo se volvía difícil y agotador, los dos hombres se habían dedicado a leer todos los registros escritos, dentro de la biblioteca de los anales de la villa, y pronto descubrieron indicios que los llevaban a cosas que no habían previsto.

“3 de febrero de 1625 Anno Domini- La imagen fue hecha en roca volcánica, de allí de donde se apareció Nuestra Santísima Señora,  a quien le debemos la vida y el respeto. La imagen, tallada por una india, desas que viven en la espesura, se ha dotado del don del espíritu, y dicen de ella que hace milagros, que ha curado enfermos, y matado a aquellos que con malicia la tocan. Ahora descansa en el atrio principal de la iglesia y es venerada en nombre de Dios, Nuestro Señor…”

Al leer aquello se encaminaron a la iglesia, y luego de una corta pesquisa, concluyeron que la lóbrega imagen no había dejado rastros que dieran fe de haber existido.

Fue más tarde, mientras revisaban los registros y anotaciones de las riquezas y pertenencias del obispado, se dieron con que la imagen de aquella Madonna negra, estaba anotada y al margen se hacia una aclaración.

“*Una imagen de Nuestra Señora Santa María Justa. Advocación bajo la cual se venera a Nuestra Señora en esta región. 7 de junio de 1825./ Anotación del Padre Ismael José de Orchaga. Capellán de Santa María Justa. En el día 6 de setiembre de 1963, Anno Domini, la imagen en notaria registrada como pertenencia, ha sido robada del atrio mayor. Quien le hurtó, dícese llamar  Jeeca, pero fue bautizada por Miriam Gonzales, según se desposara con Felipe Gonzaga Gonzales. Ha sido torturada hasta la muerte, como su marido, para confesar de donde han ocultado la reliquia, pero se han negado y dicen que la señora esta donde le place y pronto vendrá. La estatuilla no ha sido hallada”

Luego de una silenciosa meditación resolvieron encontrar la imagen, campaña que iniciaron un tiempo después.
Una  mañana, provistos de alimentos, agua y algunos hombres pagados para la guía, se dirigieron hacia la aldea más cercana de pobladores nativos, que si bien, eran amigables, no gustaban de visitas sin previo aviso.

Allí se hicieron de información, pasaron la noche compartiendo historias y leyendas y ya de madrugada, sabiendo que la imagen era protegida por unos aldeanos de un poblado, un poco más profundo en la selva, volvieron a marchar para constatar la historia.

_Hay misterios que nos sobrepasan_ Comentó el viejo padre Antonio, el sudor le cubría la cara y unas pústulas como de picaduras, secretaban un liquido amarillento de pus infecciosa.
_Cómo cuales?_ inquirió el muchacho mientras se ataba un pañuelo a la cabeza.

El padre Munilla sonrió una vez más con esa mueca cítrica,  se sentía aturdido y cansado, pero sabía que había algo más que un pútrido milagro detrás.

_Antes que nosotros hubieron mil edades, y mil cosas que desconoces querido. No todo es Dios o Lucifer, algunas cosas son más profundas. Más incognoscibles.

Al atardecer comenzaron a vislumbrar a lo lejos, entre los gruñidos de la negra oscuridad precedida por matorrales y arboledas, un sinnúmero de pequeñas estrellas chispeantes. Hacia aquellos lares no llegaba electricidad alguna, más que los relámpagos fantasmales de la enfurecida lluvia.

Cuando entraron a la pequeña villa, con casas construidas en madera y paja, todas alzadas a metros del suelo, los lugareños les miraron de reojo, pronto alguno corrió hacia las estancias del jefe de la tribu, y le informó de la irrupción de extraños.

Ya entrada la madrugada se encontraban reunidos, les habían contado, mientras compartían algunos alimentos, que la señora había vuelto semanas atrás, y que su regreso se debía a la invasión de los hombres blancos, que de a poco estaban consumiendo la vida de la amazonia.

Marco no había podido pegar un ojo, recién cerca de las tres de la mañana logró conciliar el sueño, pero, una voz suave le susurró a los oídos y él se despertó.

_Padrecito venga_ le dijo la muchacha. Cuando el reconoció esa voz tosca y desaliñada se levantó de un brinco, y allí la vio, parada contra la luz de la luna que se filtraba desde las altas ramas de los árboles, cayendo sobre los techos de paja humedecida.

El muchacho la tomó en sus brazos y le comió la boca a besos desesperados, era el sabor, el sudor y el aroma a esos pechos mojados, a ese vestido de hojarasca guardando un deseado encuentro.

La sentía y era feliz, veía en aquella mujer todo rastro de perfección, aun sabiéndose impío en todos los sentidos, no temía a ningún infierno. De repente vio en aquellos ojos un fuego belicoso, como una ráfaga solar que todo lo consume, vio arder aquellos negros cabellos, y la piel volverse como el gris atardecer del firmamento.

Un grito de horror desgarró la noche, el padre Antonio, cansado y lleno de angustia, corrió saliendo de su cabaña.

Fue espantosa la visión ante sus ojos, un cuerpo de manos grises y pegajosas, como tentáculos asesinos que se van sobre su presa. Una masa viscosa y deforme se movía y se ondeaba, una mujer, desfigurada y con rostro placentero, gemía irritada y enfurecida.

Cubierto por aquella monstruosidad, Marco chillaba de dolor, mientras un ojo, último vestigio de su mirada a la cordura, se hundía en aquel caldo putrefacto.

_La Madre Negra_ gritaron los de la villa en vítores y voces de aclamación. Y, de manera frenética, comenzaron a bailar y encender fuegos y antorchas, copulando y gruñendo.

El padre Munilla se lanzó al suelo y desespero, mientras veía una llamarada de hierro y fuego alanzándose sobre el aire, y remontando en vuelo directo al pueblo de Santa Maria.

Desde lo lejos, se oyó el grito de pavor de los habitantes, y se veían en las estribaciones del cielo, las sombras fulgurantes de un fuego naranja.

Era espantoso oír los quejidos y lamentos, mientras el mundo parecía desaparecer.

Munilla no gritó, deseaba que le devoraran por fin la cabeza, para dejar de sentir el pavor y no ver con sus propios ojos, al infierno mismo desplegándose sobre los cielos.

_Hay cosas que nos sobrepasan_ le había dicho su Formador cuando era un joven_ Cosas mas fétidas y aterradoras que los dioses mismos.

Sus tripas goteaban contra el suelo, cuando una luz crepuscular iluminó las lejanas regiones, el sol se alzaba sobre un mundo consumido en las nieblas de la noche.

Los dioses de la tierra, ya cansada de los sacrílegos humanos, habían renacido de los confines del planeta, paridos por una fuerza más poderosa, que cualquier bomba, oración, o Dios.

domingo, 19 de junio de 2011

En la Noche abismal o Breve relato sobre el ocaso de una raza (En memoria de H.P Lovecraft) (Del la serie "La Noche Tortuosa")

Sam se enredaba cada vez más en las sabanas, sentía como si un frío polar se colase por las ventanas, puertas, y debajo de cualquier rendija, cual si una nube fantasmal de alfileres, fuera clavándose en sus piernas.

Mientras tanto, él se veía sobre kilómetros de hielo, que se perdían en un horizonte blanco, y aun sabiendo que cuando se había acostado brillaba un sol de mediodía, tenía muy en claro, que aquella visión era real, tanto como la nieve que ahora le acuchillaba los pies.

De pronto se sintió caer a los abismos insondables de la oscuridad, como si unas fauces aberrantes y asesinas lo tragaran por completo, un golpe sonó dentro de su cabeza y se desvaneció.

 Habrían pasado quizás mas de veinte minutos después de la caída cuando por fin volvió en sí, y se sintió aterrado. Aun adolorido y cansado se puso en pie, zafándose del helado caldo de barro que lo abrazaba, se dijo a si mismo que le era imperioso salir de allí en ese instante, porque si no lo hacía, su vida sería peor que el infierno. Y no conocía el infierno.

Hacía cada vez más frío, las más de mil capas de hielo endurecido aplastaban  toda vida debajo de ella, y aun así, Samuel Connelle, por alguna extraña razón que no era capaz de denominar, y aun teniendo la certeza de que en aquel Hades de hielo era imposible la vida, se afirmaba que en aquella basta y pútrida tiniebla, había algo que se movía.

Ya cansado de luchar para salir de aquel pozo, y sabiéndose sin fuerzas, se tiro a esperar la muerte, quizás de frío  quizás de miedo, pero muerte al fin. Entonces sucedió algo que el jamás olvidaría, y que le perseguiría bajo las sabanas heladas de su alcoba para siempre.

Un bisbiseo repto entre aquel lodazal de hielo y antiquísimas bacterias, era una voz, que articulada, murmuraba en una lengua desconocida, entonces Samuel se sintió horrorizado y temió nuevamente por perder la vida, porque este no era el frío que podía matarlo de una manera que él imaginaba, y eso, al saber que aquello que emergía de la ignota oscuridad, era algo que sus ojos mortales jamás habían vislumbrado, le erizaba la piel.

De repente se sintió mareado, alzó la cabeza de la almohada y trató de centrar sus sentidos aturdidos por aquel vívido recuerdo, se sentó al borde de la cama y respiro profundo, se veía ahora dentro de aquella habitación y mientras se aliviaba tomando una profunda bocanada de aire, contemplaba la luz grisácea del atardecer cruzando el vidrio de la ventana.

Samuel Connelle era un joven de imagen enferma, tenia ojeras pronunciadas y una tez pálida, y si uno lo veía, creería que debajo de aquellas ropas, se ocultaba un cuerpo lánguido y casi sin vida. Pero en verdad, este muchacho había sido un gran y reconocido geólogo, apuesto sin dudas y de un gran estado físico,desperdigaba su tiempo antes de aquel suceso, mirando el sol seguidamente y contemplando el cielo desde lo más alto de las rocas.

Pero eso era antaño, cuando aun podía dormir sin confundir el mundo real del mundo de delirios, cuando no se percataba que aquello que se esconde en la niebla fétida del pasado, se mueve bajo nuestros pies y en las alturas más lejanas del cielo, amenazando con extinguir todo hálito de vida.

Aquella tarde caminó más allá de la cuadra, le había apetecido un coñac y quizás algo para paliar el hambre incesante, la luna brillaba completamente marfilada, como un botón de malicia que silenciosamente especta.

Cuando se sentó en la cuarta barra de un nuevo bar, eran cerca de las seis de la mañana, había sido lanzado a la calle sucesivamente, desde que le sirvieran la primer copa de alcohol, y ahora, contemplaba la televisión ruidosa que presentada en cuadros de cortos segundos, toda la información de las últimas horas.

_ Pronto vendrán..._ murmuró Samuel, el Bar-Man lo miró de costado, entrecejo fruncido, estaba hastiado de que los borrachos fueran a hacer escándalos a esas horas en su bar, los ojos parecieron amonestar al muchacho, que ahora en silencio volvía los ojos hacia la pantalla.

_NOTICIAS DE ULTIMO MOMENTO_ rezaba en al pie, mientras el corresponsal corría espantado, y tras de él se oían gemidos y rugidos, chirridos como si las fauces de la tierra se abriesen para ocultar el mundo en sus entrañas. Samuel contempló.

_Sabía que vendrían_ dijo, mientras se encaminaba hacia la salida, y lanzaba sobre la mesa unos billetes que pagaban sus tragos.

El cantinero se quedó mirándole, y luego volvió a posar los ojos sobre el televisor. El muchacho cruzo la puerta dejando irrumpir la luz de la mañana.

_ Han aparecido hace cerca de cinco minutos...había...había mucho silencio de pronto, y vino como un zumbido agudo que nos ha lastimado los oídos profundamente. Ellos...Ellos. Ellos han asomado sus formas en el firmamento, son horrendos, cosas que jamás había imaginado. Dios se apiade...que Dios se apiade_ murmuraba agitada y entrecortadamente, mientras sus ojos se inyectaban en sangre por el horror.

Ya el sol había alcanzado su cenit cuando Sam llegó hasta la puerta de su casa, se había sentado en la vereda, con una botella de vidrio tomada desde el cuello. Miraba el cielo, con ojos cansinos cuando vio por última vez el brillo de la estrella solar, una sombra rojiza la cubría de a poco, ya el mundo se oscurecía oculto por una sombra fétida que venía de los abismos insondables del infinito espacio exterior. 

Mientras, de las profundidades de la antigua tierra, otra masa viscosa y pútrida, reptando y agitándose, consumiéndolo todo a su paso, subía hasta la superficie.

Un único alarido rasgo el silencio del cosmos vacío, un suspiro entrecortado se perdió en el zumbido de los cuerpos de hierro maligno que venían desde fuera de la tierra, mientras el rugido de aquella fuerza oscura nacida desde las entrañas del planeta lo ahogaba todo con su aliento cargado de muerte.

El silencio. La nada.

A kilómetros lejos del sol, una esfera de tierra negra, de fuego y humo, giraba lentamente sobre su eje, las aguas habían sido consumidas por completo y la vida se había borrado de la faz. 

De pronto, se oyó un grito en medio del seco desierto,una sola imagen en medio de los medanos de la nada.

Samuel se arañaba los ojos y se arrancaba de trozos las orejas en su chillido de pavor.

...Quería olvidar, pero jamás podría hacerlo...

miércoles, 15 de junio de 2011

PRONTO NUEVOS TEXTOS!!!

La novela "Motherland" ha sido retirada para edición, pronto, si todo sale bien, se publicara en papel. Hasta entonces, seguire publicando nuevos textos.