Sam se enredaba cada vez más en las sabanas, sentía como si un frío polar se colase por las ventanas, puertas, y debajo de cualquier rendija, cual si una nube fantasmal de alfileres, fuera clavándose en sus piernas.
Mientras tanto, él se veía sobre kilómetros de hielo, que se perdían en un horizonte blanco, y aun sabiendo que cuando se había acostado brillaba un sol de mediodía, tenía muy en claro, que aquella visión era real, tanto como la nieve que ahora le acuchillaba los pies.
De pronto se sintió caer a los abismos insondables de la oscuridad, como si unas fauces aberrantes y asesinas lo tragaran por completo, un golpe sonó dentro de su cabeza y se desvaneció.
Habrían pasado quizás mas de veinte minutos después de la caída cuando por fin volvió en sí, y se sintió aterrado. Aun adolorido y cansado se puso en pie, zafándose del helado caldo de barro que lo abrazaba, se dijo a si mismo que le era imperioso salir de allí en ese instante, porque si no lo hacía, su vida sería peor que el infierno. Y no conocía el infierno.
Habrían pasado quizás mas de veinte minutos después de la caída cuando por fin volvió en sí, y se sintió aterrado. Aun adolorido y cansado se puso en pie, zafándose del helado caldo de barro que lo abrazaba, se dijo a si mismo que le era imperioso salir de allí en ese instante, porque si no lo hacía, su vida sería peor que el infierno. Y no conocía el infierno.
Hacía cada vez más frío, las más de mil capas de hielo endurecido aplastaban toda vida debajo de ella, y aun así, Samuel Connelle, por alguna extraña razón que no era capaz de denominar, y aun teniendo la certeza de que en aquel Hades de hielo era imposible la vida, se afirmaba que en aquella basta y pútrida tiniebla, había algo que se movía.
Ya cansado de luchar para salir de aquel pozo, y sabiéndose sin fuerzas, se tiro a esperar la muerte, quizás de frío quizás de miedo, pero muerte al fin. Entonces sucedió algo que el jamás olvidaría, y que le perseguiría bajo las sabanas heladas de su alcoba para siempre.
Un bisbiseo repto entre aquel lodazal de hielo y antiquísimas bacterias, era una voz, que articulada, murmuraba en una lengua desconocida, entonces Samuel se sintió horrorizado y temió nuevamente por perder la vida, porque este no era el frío que podía matarlo de una manera que él imaginaba, y eso, al saber que aquello que emergía de la ignota oscuridad, era algo que sus ojos mortales jamás habían vislumbrado, le erizaba la piel.
De repente se sintió mareado, alzó la cabeza de la almohada y trató de centrar sus sentidos aturdidos por aquel vívido recuerdo, se sentó al borde de la cama y respiro profundo, se veía ahora dentro de aquella habitación y mientras se aliviaba tomando una profunda bocanada de aire, contemplaba la luz grisácea del atardecer cruzando el vidrio de la ventana.
Samuel Connelle era un joven de imagen enferma, tenia ojeras pronunciadas y una tez pálida, y si uno lo veía, creería que debajo de aquellas ropas, se ocultaba un cuerpo lánguido y casi sin vida. Pero en verdad, este muchacho había sido un gran y reconocido geólogo, apuesto sin dudas y de un gran estado físico,desperdigaba su tiempo antes de aquel suceso, mirando el sol seguidamente y contemplando el cielo desde lo más alto de las rocas.
Pero eso era antaño, cuando aun podía dormir sin confundir el mundo real del mundo de delirios, cuando no se percataba que aquello que se esconde en la niebla fétida del pasado, se mueve bajo nuestros pies y en las alturas más lejanas del cielo, amenazando con extinguir todo hálito de vida.
Aquella tarde caminó más allá de la cuadra, le había apetecido un coñac y quizás algo para paliar el hambre incesante, la luna brillaba completamente marfilada, como un botón de malicia que silenciosamente especta.
Cuando se sentó en la cuarta barra de un nuevo bar, eran cerca de las seis de la mañana, había sido lanzado a la calle sucesivamente, desde que le sirvieran la primer copa de alcohol, y ahora, contemplaba la televisión ruidosa que presentada en cuadros de cortos segundos, toda la información de las últimas horas.
_ Pronto vendrán..._ murmuró Samuel, el Bar-Man lo miró de costado, entrecejo fruncido, estaba hastiado de que los borrachos fueran a hacer escándalos a esas horas en su bar, los ojos parecieron amonestar al muchacho, que ahora en silencio volvía los ojos hacia la pantalla.
_NOTICIAS DE ULTIMO MOMENTO_ rezaba en al pie, mientras el corresponsal corría espantado, y tras de él se oían gemidos y rugidos, chirridos como si las fauces de la tierra se abriesen para ocultar el mundo en sus entrañas. Samuel contempló.
_Sabía que vendrían_ dijo, mientras se encaminaba hacia la salida, y lanzaba sobre la mesa unos billetes que pagaban sus tragos.
El cantinero se quedó mirándole, y luego volvió a posar los ojos sobre el televisor. El muchacho cruzo la puerta dejando irrumpir la luz de la mañana.
_ Han aparecido hace cerca de cinco minutos...había...había mucho silencio de pronto, y vino como un zumbido agudo que nos ha lastimado los oídos profundamente. Ellos...Ellos. Ellos han asomado sus formas en el firmamento, son horrendos, cosas que jamás había imaginado. Dios se apiade...que Dios se apiade_ murmuraba agitada y entrecortadamente, mientras sus ojos se inyectaban en sangre por el horror.
Ya el sol había alcanzado su cenit cuando Sam llegó hasta la puerta de su casa, se había sentado en la vereda, con una botella de vidrio tomada desde el cuello. Miraba el cielo, con ojos cansinos cuando vio por última vez el brillo de la estrella solar, una sombra rojiza la cubría de a poco, ya el mundo se oscurecía oculto por una sombra fétida que venía de los abismos insondables del infinito espacio exterior.
Mientras, de las profundidades de la antigua tierra, otra masa viscosa y pútrida, reptando y agitándose, consumiéndolo todo a su paso, subía hasta la superficie.
Un único alarido rasgo el silencio del cosmos vacío, un suspiro entrecortado se perdió en el zumbido de los cuerpos de hierro maligno que venían desde fuera de la tierra, mientras el rugido de aquella fuerza oscura nacida desde las entrañas del planeta lo ahogaba todo con su aliento cargado de muerte.
El silencio. La nada.
El silencio. La nada.
A kilómetros lejos del sol, una esfera de tierra negra, de fuego y humo, giraba lentamente sobre su eje, las aguas habían sido consumidas por completo y la vida se había borrado de la faz.
De pronto, se oyó un grito en medio del seco desierto,una sola imagen en medio de los medanos de la nada.
Samuel se arañaba los ojos y se arrancaba de trozos las orejas en su chillido de pavor.
Samuel se arañaba los ojos y se arrancaba de trozos las orejas en su chillido de pavor.
...Quería olvidar, pero jamás podría hacerlo...
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