Dicen los abuelos, así como se dicen tantas cosas sobre leyendas y supersticiones, que en Tindari, un lugar cercano a las costas occidentales de la isla de Sicilia, una virgen de color negro era adorada. Y cuentan que una mujer, allá, hace muchos años, mirando la imagen y diciendo de esta que era poco agraciada, fue castigada por la Madre de Dios.
Su hijo, quien la acompañaba en ese momento, fue raptado por una mano fantasmal y llevado lejos, hacia las orillas del océano, que a propósito de las fuerzas del cielo, se habían secado para proteger al niño de las frías olas; mientras su madre era aleccionada de tal forma.
Vengativa es la madre de dios, diré, y específicamente mi relato se centra en una historia parecida, tomada en menos, pues se sucedió hace tiempo, en regiones lejanas de la América perdida entre las selvas frondosas.
En el pueblo de Santa María Justa, ubicado casi al borde de la amazonia, vive un grupo de gente muy peculiar, que si bien alguna vez fueron felices, hoy solo esperan de manera respetuosa, el juzgamiento de sus actos, ante la tirana presencia de un Dios dictador.
Marco Messina, un joven sacerdote italiano que hacía poco había comenzado a actuar como un “Verificador” de milagros para la Iglesia Católica, se encontraba hacía ya varios meses en el pequeño poblado. Pero solo las primeras semanas fueron dedicadas a la investigación de las milagrosas apariciones de la Virgen Negra, como le decían los lugareños a aquella doncella de hierro y fuego, que les había venido de los cielos hacia tiempo ya.
El Cura se había enterado, que mucho tiempo atrás, un 2 de febrero, de 1922, la virgen en carne y hueso, llena de furia por los pecados de lujuria y sodomía que se cometían en aquel lugar, vino cubierta en llamas y sombra, con una tez oscura y unos ojos teñidos en sangre, dispuesta a castigar en nombre de Dios los males de este mundo.
La historia sonaba dudosa, la supuesta virgen María, en menos de unos minutos, había consumido todo con una bocanada de fuego, mientras les hacía ver a los ciudadanos horrorizados, las vividas imágenes del infierno que les esperaba.
Para Marco resultaba difícil el trabajo, los primeros días sintió abismales ganas de desentrañar el misterio, pero, después de un tiempo, la pesadez del aire sensual repleto de olor a café y madre selva, los cuerpos ondulantes de los felinos salvajes a lo lejos, y las caderas de las muchachas y muchachos, danzando en derredor de las hogueras nocturnas, al son de un tamboril estrepitoso, le terminaron hechizando.
Había caído bajo el sutil embrujo que la amazonia suelta a los vientos, ese maleficio que despierta lo natural en los hombres, un sortilegio cantado por los árboles y las criaturas que gobernaron alguna vez este mundo, y que excede a cualquier dios humano.
Se encontraba tirado sobre el sofá, con la túnica desprendida y el clergyman sobre la mesita de té, el aire estaba lleno de humedad y un calor insoportable se alzaba desde el suelo. El cuello del muchacho se bañaba en sudor, y él, silenciosamente, perdido en sus pensamientos, recordaba los labios salinos, atrapados en una noche de baile y alcohol, de aquella muchacha que hacía unas semanas atrás, había ingresado con su familia a la selva para no regresar.
La chica, de una belleza extrema y de cabellos oscuros, era, sin más vueltas, una nativa de ojos melosos y tez oscura. Le había contado, en una de esas noches de alcoba enviciada por el hedor de los sexos, que la Madre Negra, que había castigado una vez a los de Santa María, había jurado volver para desarraigar a los blancos que le hacían daño.
En aquella ocasión Marco la oyó embelesado por los labios y la dulce vos neutral, a veces de un léxico casi grotesco, y al sentirle decir tantas cosas, de las que no tomó cuenta en primera instancia, se vio perdidamente enamorado.
_Buenas tardes Padre Messina, tiempo sin verlo_ dijo una voz en un italiano tosco. El joven sacerdote se incorporó bruscamente al sobresaltarse reconociendo aquel sonido.
En el umbral de la puerta se encontró con Antonio Munilla, un viejo y cansado clérigo, que en otro tiempo se había dedicado al estresante trabajo que hoy debía hacer Marco. El hombre, una eminencia ya en los casos de comprobación de milagros o estafas, se había visto obligado a entrar en acción, ante la incompetencia del muchacho.
_Buenos días su señoría_ respondió el hombre luego de haber tomado valor y aire. El viejo le sonrió mientras cerraba la puerta tras de sí. Se acercó caminado lentamente hasta el sofá de mimbre, se quitó el sombrero de paja que llevaba puesto, y se reclinó dejando la sombrilla apoyada contra el reposa-brazos.
Se miraron ambos por cortos segundos y soltaron un leve suspiro, Marco se levantó rápidamente y en silencio, para procurarle un poco de agua fresca al viejo, que, aun muerto de calor, mientras se secaba delicadamente la transpiración con un pañuelo marrón, antes blanco, mantenía esa imagen sacra de rictus inmutable.
_Me sorprende su visita tan pronta_ dijo Marco una vez de nuevo en el asiento, pero ahora estirado sobre la mesa central, con el rostro fijo sobre el otro hombre.
El padre Antonio sonrió de costado, con una mueca sardónica, se sentía molesto por las moscas, el sudor insufrible y el constante ulular de la lindante selva. Bebió un sorbo del vaso.
_ Hubiese preferido un whisky_ comentó. Marco se levantó en ademan de ir a servirlo, pero el viejo le interrumpió.
El joven sacerdote lo miró sin decir palabra alguna, por un momento se sintió avergonzado y bajo los ojos, unas lágrimas le recorrieron los ojos, sabía, que por alguna razón algo le había desviado de su misión, se sentía abrumado.
La mano del viejo sacerdote le tomó el hombro, Marco subió la mirada lacrimosa de nuevo hacia el hombre, que lo miró compasivo pero amonestante.
_Lo siento tanto, ella me había dicho que caería sobre mí la maldición de este pueblo, trágica hora en que vine a parar aquí. Ya no me reconozco_ dijo limpiándose el sudor de los labios y la acuosa secreción de sus narices.
Un ruido vino desde el fondo, allá en las habitaciones traseras; de repente un muchacho desnudo atravesó el cuarto hasta la cocina, y volvió a perderse hacia el pasillo con una botella en las manos, ambos hombres se quedaron callados un momento. Munilla se puso firme, parecía un pilar negro inescrutable tras las sombras de la habitación de barro, Marco se puso de pie y se encontraron cara a cara.
_Pídele que se marche, hay cosas demasiado importantes de que hablar y no deben ser oídas por cualquiera_ dijo el anciano cura, a lo que el muchacho reaccionó rápidamente.
Ya solos comenzaron a platicar y a compartir la poca información que les era común, mientras trataban de descifrar algo.
Los siguientes días fueron puestos al servicio de la investigación, la recopilación de datos y de todo lo que se pudiera decir sobre el tema, y aunque el trabajo se volvía difícil y agotador, los dos hombres se habían dedicado a leer todos los registros escritos, dentro de la biblioteca de los anales de la villa, y pronto descubrieron indicios que los llevaban a cosas que no habían previsto.
“3 de febrero de 1625 Anno Domini- La imagen fue hecha en roca volcánica, de allí de donde se apareció Nuestra Santísima Señora, a quien le debemos la vida y el respeto. La imagen, tallada por una india, desas que viven en la espesura, se ha dotado del don del espíritu, y dicen de ella que hace milagros, que ha curado enfermos, y matado a aquellos que con malicia la tocan. Ahora descansa en el atrio principal de la iglesia y es venerada en nombre de Dios, Nuestro Señor…”
Al leer aquello se encaminaron a la iglesia, y luego de una corta pesquisa, concluyeron que la lóbrega imagen no había dejado rastros que dieran fe de haber existido.
Fue más tarde, mientras revisaban los registros y anotaciones de las riquezas y pertenencias del obispado, se dieron con que la imagen de aquella Madonna negra, estaba anotada y al margen se hacia una aclaración.
Fue más tarde, mientras revisaban los registros y anotaciones de las riquezas y pertenencias del obispado, se dieron con que la imagen de aquella Madonna negra, estaba anotada y al margen se hacia una aclaración.
“*Una imagen de Nuestra Señora Santa María Justa. Advocación bajo la cual se venera a Nuestra Señora en esta región. 7 de junio de 1825./ Anotación del Padre Ismael José de Orchaga. Capellán de Santa María Justa. En el día 6 de setiembre de 1963, Anno Domini, la imagen en notaria registrada como pertenencia, ha sido robada del atrio mayor. Quien le hurtó, dícese llamar Jeeca, pero fue bautizada por Miriam Gonzales, según se desposara con Felipe Gonzaga Gonzales. Ha sido torturada hasta la muerte, como su marido, para confesar de donde han ocultado la reliquia, pero se han negado y dicen que la señora esta donde le place y pronto vendrá. La estatuilla no ha sido hallada”
Luego de una silenciosa meditación resolvieron encontrar la imagen, campaña que iniciaron un tiempo después.
Una mañana, provistos de alimentos, agua y algunos hombres pagados para la guía, se dirigieron hacia la aldea más cercana de pobladores nativos, que si bien, eran amigables, no gustaban de visitas sin previo aviso.
Una mañana, provistos de alimentos, agua y algunos hombres pagados para la guía, se dirigieron hacia la aldea más cercana de pobladores nativos, que si bien, eran amigables, no gustaban de visitas sin previo aviso.
Allí se hicieron de información, pasaron la noche compartiendo historias y leyendas y ya de madrugada, sabiendo que la imagen era protegida por unos aldeanos de un poblado, un poco más profundo en la selva, volvieron a marchar para constatar la historia.
_Hay misterios que nos sobrepasan_ Comentó el viejo padre Antonio, el sudor le cubría la cara y unas pústulas como de picaduras, secretaban un liquido amarillento de pus infecciosa.
_Cómo cuales?_ inquirió el muchacho mientras se ataba un pañuelo a la cabeza.
El padre Munilla sonrió una vez más con esa mueca cítrica, se sentía aturdido y cansado, pero sabía que había algo más que un pútrido milagro detrás.
_Antes que nosotros hubieron mil edades, y mil cosas que desconoces querido. No todo es Dios o Lucifer, algunas cosas son más profundas. Más incognoscibles.
Al atardecer comenzaron a vislumbrar a lo lejos, entre los gruñidos de la negra oscuridad precedida por matorrales y arboledas, un sinnúmero de pequeñas estrellas chispeantes. Hacia aquellos lares no llegaba electricidad alguna, más que los relámpagos fantasmales de la enfurecida lluvia.
Cuando entraron a la pequeña villa, con casas construidas en madera y paja, todas alzadas a metros del suelo, los lugareños les miraron de reojo, pronto alguno corrió hacia las estancias del jefe de la tribu, y le informó de la irrupción de extraños.
Ya entrada la madrugada se encontraban reunidos, les habían contado, mientras compartían algunos alimentos, que la señora había vuelto semanas atrás, y que su regreso se debía a la invasión de los hombres blancos, que de a poco estaban consumiendo la vida de la amazonia.
Marco no había podido pegar un ojo, recién cerca de las tres de la mañana logró conciliar el sueño, pero, una voz suave le susurró a los oídos y él se despertó.
_Padrecito venga_ le dijo la muchacha. Cuando el reconoció esa voz tosca y desaliñada se levantó de un brinco, y allí la vio, parada contra la luz de la luna que se filtraba desde las altas ramas de los árboles, cayendo sobre los techos de paja humedecida.
El muchacho la tomó en sus brazos y le comió la boca a besos desesperados, era el sabor, el sudor y el aroma a esos pechos mojados, a ese vestido de hojarasca guardando un deseado encuentro.
La sentía y era feliz, veía en aquella mujer todo rastro de perfección, aun sabiéndose impío en todos los sentidos, no temía a ningún infierno. De repente vio en aquellos ojos un fuego belicoso, como una ráfaga solar que todo lo consume, vio arder aquellos negros cabellos, y la piel volverse como el gris atardecer del firmamento.
Un grito de horror desgarró la noche, el padre Antonio, cansado y lleno de angustia, corrió saliendo de su cabaña.
Fue espantosa la visión ante sus ojos, un cuerpo de manos grises y pegajosas, como tentáculos asesinos que se van sobre su presa. Una masa viscosa y deforme se movía y se ondeaba, una mujer, desfigurada y con rostro placentero, gemía irritada y enfurecida.
Cubierto por aquella monstruosidad, Marco chillaba de dolor, mientras un ojo, último vestigio de su mirada a la cordura, se hundía en aquel caldo putrefacto.
_La Madre Negra_ gritaron los de la villa en vítores y voces de aclamación. Y, de manera frenética, comenzaron a bailar y encender fuegos y antorchas, copulando y gruñendo.
El padre Munilla se lanzó al suelo y desespero, mientras veía una llamarada de hierro y fuego alanzándose sobre el aire, y remontando en vuelo directo al pueblo de Santa Maria.
Desde lo lejos, se oyó el grito de pavor de los habitantes, y se veían en las estribaciones del cielo, las sombras fulgurantes de un fuego naranja.
Era espantoso oír los quejidos y lamentos, mientras el mundo parecía desaparecer.
Munilla no gritó, deseaba que le devoraran por fin la cabeza, para dejar de sentir el pavor y no ver con sus propios ojos, al infierno mismo desplegándose sobre los cielos.
_Hay cosas que nos sobrepasan_ le había dicho su Formador cuando era un joven_ Cosas mas fétidas y aterradoras que los dioses mismos.
Sus tripas goteaban contra el suelo, cuando una luz crepuscular iluminó las lejanas regiones, el sol se alzaba sobre un mundo consumido en las nieblas de la noche.
Los dioses de la tierra, ya cansada de los sacrílegos humanos, habían renacido de los confines del planeta, paridos por una fuerza más poderosa, que cualquier bomba, oración, o Dios.
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