Días oscuros
¿Qué pasaría si una mañana, el futuro presidente de las Naciones
Unidas, un tal Daniel Simons, se despertara después de haber tenido una
revelación espiritual?
* * *
Daniel Simons se sentó justo al borde de la cama, su mujer aún dormía.
Miró el reloj de la mesa de luz, eran cerca de las cuatro y media de la mañana.
Tenía pocas ganas de hablar sobre políticas internacionales. Se despabiló lo
más rápido que pudo. Hacía mucho calor.
El sueño le volvió a la memoria unas horas más tarde, cuando estaba
sentado junto a uno de esos tantos viejos, con los que solía tomar café. Su fabulación se le antojó realmente extraña,
pero a pesar de todo, se sintió el templo de una fuerza de cambio.
El poder nos hace volar muy alto, se había dicho. Pero se miró las manos, y, como si en ellas
viera el porvenir de toda la humanidad, entendió que aquel sueño, no era otra
cosa que una presentación divina. Una verdad que ante él, desplegaba todas las
soluciones que la humanidad necesitó durante tantos milenios de desigualdades.
Los demás hombres y mujeres de la mesa le miraron cavilantes, aunque
Daniel no lo notara, en él había surgido un cambio. En realidad siempre había
creído que, el más apto, es el que merece gobernar sobre quienes andan errados.
Cuando Daniel Simons decidió que era la hora de un gran cambio, hacía
una tarde calurosa. Era el verano del año 2000, época en que sería nombrado
“Presidente de la asamblea general de las Naciones Unidas”, y donde daría a
conocer aquella verdad que, “El verdadero y único Dios”, le había revelado.
Lo había planeado muy bien, no se equivocaría. Sabía que era imperioso
lograr que la humanidad llegara por fin, a la cumbre de su olvidada pirámide.
El gran salón de verde y oro se
atestaba de gente, todos alegres o fingiendo alegría. Miles de representantes
estaban allí. Muchos mandatarios y sus cancilleres, y sus tertulianos, y sus
bufones, muchos creyeron.
_ “Es por lo tanto mi deber, ordenarles a los presidentes aquí
presentes, y por medio de sus cancilleres y representantes, a los ausentes, que
cesen su gobierno, y pongan en mí los poderes que les invisten sin oposición
alguna. En caso contrario, mi ejército. El de las Naciones Unidas Mundiales,
hoy fundadas por mí. Y todas las fuerzas de las que me hago cargo, descargarán
contra sus naciones, todo el poder que sea necesario…”_
Los ojos de los hombres y mujeres del salón quedaron redondos como
platos, no podían aún creer lo que aquel loco decía después de tan maravillosa
perorata aleccionadora. Parecía sentir, en sí mismo, una fe y una confianza
inquebrantables.
Algunos comenzaron a retirarse molestos, otros objetaron llenos de
furia. Varios puños golpearon las mesas. Daniel Simons les contempló desde el
estrado, que ahora era su pulpito.
¿Qué pasaría mañana si a Daniel Simons una voz inhumana le hablara?
¿Si por alguna razón contara con todo el poder para tornarse en Señor del
mundo?
Daniel se dio cuenta que era el verdadero Mesías. ¡Él era Dios! Y
había venido al mundo a darle fin a la decadente existencia de los humanos, y a
su declinante civilización.
_ “…Yo, su Dios en vida, hoy les traeré paz. Para siempre”_ dijo.
***
¿Qué pensaría Matías Gonzáles al ver esas noticias? ¿Qué pasaría
mañana, si él tuviera tras los parpados una similar revelación? ¿Y si de él
dependiera derrocar el régimen que se alzaba contra los hombres?
Se miró en el reflejo de las ventanas del colectivo, detrás brillaba
la ciudad, casi fantasmal, transparente. Le mareo un poco ver dos ciudades, una
de frente y otra detrás. Se apoyaba levemente contra el barandal. A lo lejos
brilló una estrella, y volvió a desaparecer tras las nubes contaminadas de la
ciudad.
Sabía que aquel sueño no había sido solo una creación de su afiebrada
mente. La música le sonaba en los oídos, le gustaba tener una vida seguida por
rítmicos latidos vivientes. Sonrió.
¿Y si en él recayera una cruz de la que dependiera la salvación de
toda la humanidad? No le avergonzaba
imaginarlo, todos los humanos han soñado alguna vez, que surcan los cielos como
el águila más altiva.
Ahora una anciana, cansada y enferma, caminó lentamente hasta la
puerta del ómnibus. Tosió, y pareció bambolearse débilmente, se sostuvo del
barandal. El vehículo se detuvo. Nadie se corrió un centimetro para dejarle
pasar.
¿De que servía salvar un mundo que no tenía nada digno de ser
conservado?
Definitivamente no quería salvar el mundo. Pero en el sueño, aquella
mujer le dijo: “Al amanecer, ve hacia allá”. El pálido dedo señalaba la ciudad
silenciosa. Ni un rugido de motor, ni un asesinato. Recordó haber contemplado
la estéril mano de los hombres, su inútil creación cubierta de bombillas de
luces amarillentas.
Todo caería.
Se metió bajo la ducha, las gotas caían perladas sobre unos cuantos
bellos cobrizos. Se restregó la espuma de los ojos. Era raro lo que veía ahora,
pero se había acostumbrado.
_ “Has estado dudando de tu misión. ¿He sido mal informada?”_ dijo una
mujer de ropajes níveos. Los ojos violetas centellaron, mientras ella se
acercaba una taza de té a los labios. Estaba sentada en el inodoro.
Cuando hablaban, él recordó las colillas de cigarrillos sobre la
vereda, los niños yendo al colegio, y sus compañeros de oficina. Su dedo caía
una y otra vez contra las teclas del computador. Parecían pequeñas lenguas
chasqueando. La vida le aturdía tanto, odiaba su trabajo.
_ “¿Por qué salvar algo que no merece ser salvado?”_ le respondió a la
mujer, mientras se miraba en el espejo. La maquinilla de afeitar le recorrió
las mejillas con un zumbido.
¿Qué pasaría si el Salvador de nuestra era, tuviese un ataque
depresivo? ¿Si el “mesías” decidiera cortarse las venas?
Cuando Matías decidió quitarse la vida, una decisión que le fue muy
difícil, había llegado el invierno del año 2000, ya los últimos rastros de
hojas habían desaparecido, y el mundo se tornaba gris. Se oían rumores de un
gran cambio.
La sombra de un anticristo se levantaba sobre todo el mundo. Pero por
más que fuese la misión de Matías salvar a la humanidad, a él no le interesaba.
Cuando llegó al último escalón, que lo llevaba hasta la terraza del
edificio, suspiró. Se había agitado demasiado. ¿Por qué no podía subir
volando? Miró la ciudad, el sol
terminaba de ponerse tras un oleaje de nubes naranjas y violetas.
La ciudad bullía, rugía, latía acelerada, como presintiendo un final.
Él, contempló el ocaso.
¿Era egoísta decidir sobre su propia vida? ¿Era egoísta construir su
destino? ¿O destruirlo?
El asfalto gris se cubría de vehículos. Luces. Creyó reconocer la
figura de la anciana de la noche anterior. Sonrío. No mucha gente lo hace antes
de morir.
***
¿Y si Zina Abed fuera secuestrada un día al salir del colegio? ¿Qué
pasaría si un grupo de asesinos de alguna extraña secta se la llevara?
La joven muchacha se apoyó contra la pared, estaba transpirada, pero
tenía mucho frío. Unas gotas heladas le perlaban las sienes oscuras. Un mechón
de rizados cabellos le cayó sobre el ojo.
_ “…así que será esta noche. Cuando les diga, tráiganla. El sacerdote
se encargará del resto…”_ había oído decir. Una voz pesada y gutural, murmuró
junto al guardia aquella tarde. El sol se estaba ocultando, y a ella le quedaba
menos tiempo.
¿Y si ella fuese la virgen elegida para liberar un mal aterrador? Así
era, esos hombres la tenían allí para acuchillarla y dejarle desangrar sobre un
altar maléfico.
Se dijo: “Estás enloqueciendo. Vuelve a la cordura, e intenta huir”
Hacía un tiempo que sus sueños se volvieron tenebrosos, veía imágenes
sombrías, seres que en un bosque de oscuras arboledas, le daban caza. Se veía
devorada por lobos.
¿Por qué estaba allí?
La celda olía a heces de rata y humedad. Sintió el olor de las hojas
mojadas y de las cáscaras de los árboles pudriéndose, en colchones de pino. Nada
más venia de afuera. ¡Un grillo a lo lejos!
La noche cayó completamente, cuando Zina Abed escapó de su prisión. Se
había armado de un caño, que arrancó con mucha paciencia de la pared, y un
pedazo de vidrio, de una ventana rota, que envolvió en unos girones de tela de
su camisa, para no cortarse.
Luego de un rato, de esperar temerosa contra la pared, sintió los
pasos de su guardián.
Dos pesados golpes, llamaron a
la puerta, sonaron metálicos. Ella siempre había imaginado esas secuencias de
horror. La televisión se encarga de darnos el miedo, como la capacidad de
resolver las situaciones de una manera horrenda.
Se aferró al caño y al trozo de vidrio. Estaba completamente decidida,
el miedo la había abandonado.
La puerta se abrió y un hombre cruzó el rectángulo de tenue luz lunar.
¿Qué pasaría si una insignificante persona decidiera salvarse? Zina no pensaba
ser entregada en holocausto a ningún dios extraño. A ningún Dios en fin.
Antes que el hombre lo viera
venir, la muchacha se abalanzó por su espalda, y le dio fuertemente con el caño
en la cabeza.
El hombre cayó contra el duro suelo, Zina se subió sobre él, y le
cortó el cuello con mucha fuerza. El vidrio se le hundía en la palma, mientras
empujaba para abrir en dos, la garganta de su enemigo.
Notó que el rostro de su captor era conocido. Fue entonces cuando
comenzó a correr desesperada.
La noche que Zina Abed decidió luchar por su vida, las hogueras de San
Juan brillaban enloquecidas.
Cuando sintió las picosas hojas de pino húmedas tocando sus pies llagados,
supo que estaba fuera de aquel horroroso lugar, y una leve brisa de alivio le
recorrió el espíritu. Pero tenía que seguir, era la única forma de salvarse.
El bosque se perdía en la espesa oscuridad. Unas negras siluetas, cual
gigantescos seres que ramificaban sus brazos hasta alcanzar el firmamento
encapotado, se erguían en todas partes, como si quisieran ultrajarla. Sintió
susurros, el murmullo de la grava y la hojarasca húmeda se arrastraba hasta sus
pies.
¡Sí! ¡Ya venían tras ella!
El corazón le latía, se había decidido no mirar atrás, pero es difícil
no saber a qué se enfrenta uno, y es más irresistible aún, no buscar caer ante
el horror.
Respiraba, respiraba. Notaba, en la negra oscuridad, los destellos de
relámpagos desgarrando en estrías platinadas el cielo.
El dedo mayor del oscuro pie de Zina, se abrió en dos, la chica se dio
contra el suelo, el dolor le fue insoportable. La filosa piedra que le causó la
herida, permaneció imperturbable. La muchacha se acurrucó en posición fetal,
tomándose el magullado dedo sangrante. Había perdido la uña.
_ “¡Cuánta sangre desperdiciada!_” le dijeron. La voz le resultó tan
familiar.
Un relámpago volvió a destellar, y
la oscuridad se quebró para dejarle ver el rostro de su madre. El caño
que había usado para escapar le golpeó la cabeza. Zina Abed estaba
completamente perdida.
***
Daniel Simons subía los escalones de su enorme mansión imperial, se
supo vencedor. Era, al fin y al cabo, el hombre que había ayudado a la
humanidad, a alcanzar la existencia utópica que tanto había anhelado.
De pronto, el cuerpo de Simons se estremeció, como si una fuerza sobre
la que no tenía potestad, le invadiera. Sintió el corazón apretado, aprisionado
contra el pecho, muriendo atravesado por una daga invisible.
Matías entre tanto, había cerrado los ojos, y para no oír las voces
angelicales que le rogaban: “¡No lo hagas! ¡De ti depende la humanidad!”, se
colocó los auriculares. Su tema musical preferido sonaba a todo volumen.
_ “…y con esta sangre bendita. Bienvenido seas Señor.”_ dijo un
sacerdote en medio de aquel oscuro bosque. Zina, colgada de pies y brazos sobre
un altar de piedra, forcejeaba desesperada. Una daga brilló en la profunda
noche, ella solo gritó. Llegaba la nueva era.
¿Qué pasaría si la vida resultase, solamente, de la concatenación de
las decisiones que hemos tomado? ¿Si se tratara del resultado que ocasiona la
convicción de luchar, por cumplir los propios deseos?
El corazón de Daniel Simons sufrió un infarto, la vida se le había
escapado, pero luego de treinta minutos, le regreso como un soplido
sobrenatural. La bestia es muerta, dicen, pero está viva de nuevo.
En el segundo en que Matías Gonzáles expiró de cara al suelo, su
misión dejo de ser real, dejo de contar. Y para el mundo no significó nada. Las
olas del cambio se agitaban murmurantes.
Tres siglos más tarde, en medio de la plaza mayor de un pequeño
poblado, un niño jugaba a ser héroe. Frente a él, la estatua del Gran Señor
Santísimo, Daniel Simons, que había partido hacia tiempo ya, para volver a su
trono magno de divinidad.
El pequeño se sentía honrado de
llevar el mismo nombre, quizás algún día, él sería tan grande.
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(Texto presentado en el concurso de relatos breves 2011 de Grupo Alejandria.)
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