Visto desde la nada...

Irreal

Irreal
"Y ya no hubo despertar. El verdugo electrónico, había decidido que era el fin de los hombres"

viernes, 25 de noviembre de 2011

Dias Oscuros ( de la serie "La noche Tortuosa")


Días oscuros

¿Qué pasaría si una mañana, el futuro presidente de las Naciones Unidas, un tal Daniel Simons, se despertara después de haber tenido una revelación espiritual?
*  *  *
Daniel Simons se sentó justo al borde de la cama, su mujer aún dormía. Miró el reloj de la mesa de luz, eran cerca de las cuatro y media de la mañana. Tenía pocas ganas de hablar sobre políticas internacionales. Se despabiló lo más rápido que pudo. Hacía mucho calor.

El sueño le volvió a la memoria unas horas más tarde, cuando estaba sentado junto a uno de esos tantos viejos, con los que solía tomar café.  Su fabulación se le antojó realmente extraña, pero a pesar de todo, se sintió el templo de una fuerza de cambio.

El poder nos hace volar muy alto, se había dicho.  Pero se miró las manos, y, como si en ellas viera el porvenir de toda la humanidad, entendió que aquel sueño, no era otra cosa que una presentación divina. Una verdad que ante él, desplegaba todas las soluciones que la humanidad necesitó durante tantos milenios de desigualdades.

Los demás hombres y mujeres de la mesa le miraron cavilantes, aunque Daniel no lo notara, en él había surgido un cambio. En realidad siempre había creído que, el más apto, es el que merece gobernar sobre quienes andan errados.

Cuando Daniel Simons decidió que era la hora de un gran cambio, hacía una tarde calurosa. Era el verano del año 2000, época en que sería nombrado “Presidente de la asamblea general de las Naciones Unidas”, y donde daría a conocer aquella verdad que, “El verdadero y único Dios”, le había revelado.

Lo había planeado muy bien, no se equivocaría. Sabía que era imperioso lograr que la humanidad llegara por fin, a la cumbre de su olvidada pirámide.

 El gran salón de verde y oro se atestaba de gente, todos alegres o fingiendo alegría. Miles de representantes estaban allí. Muchos mandatarios y sus cancilleres, y sus tertulianos, y sus bufones, muchos creyeron.

_ “Es por lo tanto mi deber, ordenarles a los presidentes aquí presentes, y por medio de sus cancilleres y representantes, a los ausentes, que cesen su gobierno, y pongan en mí los poderes que les invisten sin oposición alguna. En caso contrario, mi ejército. El de las Naciones Unidas Mundiales, hoy fundadas por mí. Y todas las fuerzas de las que me hago cargo, descargarán contra sus naciones, todo el poder que sea necesario…”_

Los ojos de los hombres y mujeres del salón quedaron redondos como platos, no podían aún creer lo que aquel loco decía después de tan maravillosa perorata aleccionadora. Parecía sentir, en sí mismo, una fe y una confianza inquebrantables.

Algunos comenzaron a retirarse molestos, otros objetaron llenos de furia. Varios puños golpearon las mesas. Daniel Simons les contempló desde el estrado, que ahora era su pulpito.

¿Qué pasaría mañana si a Daniel Simons una voz inhumana le hablara? ¿Si por alguna razón contara con todo el poder para tornarse en Señor del mundo?
Daniel se dio cuenta que era el verdadero Mesías. ¡Él era Dios! Y había venido al mundo a darle fin a la decadente existencia de los humanos, y a su declinante civilización.
_ “…Yo, su Dios en vida, hoy les traeré paz. Para siempre”_ dijo.

                                                            ***
¿Qué pensaría Matías Gonzáles al ver esas noticias? ¿Qué pasaría mañana, si él tuviera tras los parpados una similar revelación? ¿Y si de él dependiera derrocar el régimen que se alzaba contra los hombres?

Se miró en el reflejo de las ventanas del colectivo, detrás brillaba la ciudad, casi fantasmal, transparente. Le mareo un poco ver dos ciudades, una de frente y otra detrás. Se apoyaba levemente contra el barandal. A lo lejos brilló una estrella, y volvió a desaparecer tras las nubes contaminadas de la ciudad.

Sabía que aquel sueño no había sido solo una creación de su afiebrada mente. La música le sonaba en los oídos, le gustaba tener una vida seguida por rítmicos latidos vivientes. Sonrió.

¿Y si en él recayera una cruz de la que dependiera la salvación de toda la humanidad?  No le avergonzaba imaginarlo, todos los humanos han soñado alguna vez, que surcan los cielos como el águila más altiva.

Ahora una anciana, cansada y enferma, caminó lentamente hasta la puerta del ómnibus. Tosió, y pareció bambolearse débilmente, se sostuvo del barandal. El vehículo se detuvo. Nadie se corrió un centimetro para dejarle pasar.

¿De que servía salvar un mundo que no tenía nada digno de ser conservado?

Definitivamente no quería salvar el mundo. Pero en el sueño, aquella mujer le dijo: “Al amanecer, ve hacia allá”. El pálido dedo señalaba la ciudad silenciosa. Ni un rugido de motor, ni un asesinato. Recordó haber contemplado la estéril mano de los hombres, su inútil creación cubierta de bombillas de luces amarillentas. 
Todo caería.

Se metió bajo la ducha, las gotas caían perladas sobre unos cuantos bellos cobrizos. Se restregó la espuma de los ojos. Era raro lo que veía ahora, pero se había acostumbrado.

_ “Has estado dudando de tu misión. ¿He sido mal informada?”_ dijo una mujer de ropajes níveos. Los ojos violetas centellaron, mientras ella se acercaba una taza de té a los labios. Estaba sentada en el inodoro. 

Cuando hablaban, él recordó las colillas de cigarrillos sobre la vereda, los niños yendo al colegio, y sus compañeros de oficina. Su dedo caía una y otra vez contra las teclas del computador. Parecían pequeñas lenguas chasqueando. La vida le aturdía tanto, odiaba su trabajo.

_ “¿Por qué salvar algo que no merece ser salvado?”_ le respondió a la mujer, mientras se miraba en el espejo. La maquinilla de afeitar le recorrió las mejillas con un zumbido.

¿Qué pasaría si el Salvador de nuestra era, tuviese un ataque depresivo? ¿Si el “mesías” decidiera cortarse las venas?

Cuando Matías decidió quitarse la vida, una decisión que le fue muy difícil, había llegado el invierno del año 2000, ya los últimos rastros de hojas habían desaparecido, y el mundo se tornaba gris. Se oían rumores de un gran cambio.

La sombra de un anticristo se levantaba sobre todo el mundo. Pero por más que fuese la misión de Matías salvar a la humanidad, a él no le interesaba.

Cuando llegó al último escalón, que lo llevaba hasta la terraza del edificio, suspiró. Se había agitado demasiado. ¿Por qué no podía subir volando?  Miró la ciudad, el sol terminaba de ponerse tras un oleaje de nubes naranjas y violetas.

La ciudad bullía, rugía, latía acelerada, como presintiendo un final. Él, contempló el ocaso.

¿Era egoísta decidir sobre su propia vida? ¿Era egoísta construir su destino? ¿O destruirlo?
El asfalto gris se cubría de vehículos. Luces. Creyó reconocer la figura de la anciana de la noche anterior. Sonrío. No mucha gente lo hace antes de morir.

                                                                  ***

¿Y si Zina Abed fuera secuestrada un día al salir del colegio? ¿Qué pasaría si un grupo de asesinos de alguna extraña secta se la llevara?
La joven muchacha se apoyó contra la pared, estaba transpirada, pero tenía mucho frío. Unas gotas heladas le perlaban las sienes oscuras. Un mechón de rizados cabellos le cayó sobre el ojo.

_ “…así que será esta noche. Cuando les diga, tráiganla. El sacerdote se encargará del resto…”_ había oído decir. Una voz pesada y gutural, murmuró junto al guardia aquella tarde. El sol se estaba ocultando, y a ella le quedaba menos tiempo.

¿Y si ella fuese la virgen elegida para liberar un mal aterrador? Así era, esos hombres la tenían allí para acuchillarla y dejarle desangrar sobre un altar maléfico.

Se dijo: “Estás enloqueciendo. Vuelve a la cordura, e intenta huir”
Hacía un tiempo que sus sueños se volvieron tenebrosos, veía imágenes sombrías, seres que en un bosque de oscuras arboledas, le daban caza. Se veía devorada por lobos.
¿Por qué estaba allí?

La celda olía a heces de rata y humedad. Sintió el olor de las hojas mojadas y de las cáscaras de los árboles pudriéndose, en colchones de pino. Nada más venia de afuera. ¡Un grillo a lo lejos!

La noche cayó completamente, cuando Zina Abed escapó de su prisión. Se había armado de un caño, que arrancó con mucha paciencia de la pared, y un pedazo de vidrio, de una ventana rota, que envolvió en unos girones de tela de su camisa, para no cortarse.

Luego de un rato, de esperar temerosa contra la pared, sintió los pasos de su guardián.

 Dos pesados golpes, llamaron a la puerta, sonaron metálicos. Ella siempre había imaginado esas secuencias de horror. La televisión se encarga de darnos el miedo, como la capacidad de resolver las situaciones de una manera horrenda.

Se aferró al caño y al trozo de vidrio. Estaba completamente decidida, el miedo la había abandonado.
La puerta se abrió y un hombre cruzó el rectángulo de tenue luz lunar. 
¿Qué pasaría si una insignificante persona decidiera salvarse? Zina no pensaba ser entregada en holocausto a ningún dios extraño. A ningún Dios en fin.

 Antes que el hombre lo viera venir, la muchacha se abalanzó por su espalda, y le dio fuertemente con el caño en la cabeza.
El hombre cayó contra el duro suelo, Zina se subió sobre él, y le cortó el cuello con mucha fuerza. El vidrio se le hundía en la palma, mientras empujaba para abrir en dos, la garganta de su enemigo.

Notó que el rostro de su captor era conocido. Fue entonces cuando comenzó a correr desesperada.

La noche que Zina Abed decidió luchar por su vida, las hogueras de San Juan brillaban enloquecidas.
Cuando sintió las picosas hojas de pino húmedas tocando sus pies llagados, supo que estaba fuera de aquel horroroso lugar, y una leve brisa de alivio le recorrió el espíritu. Pero tenía que seguir, era la única forma de salvarse.

El bosque se perdía en la espesa oscuridad. Unas negras siluetas, cual gigantescos seres que ramificaban sus brazos hasta alcanzar el firmamento encapotado, se erguían en todas partes, como si quisieran ultrajarla. Sintió susurros, el murmullo de la grava y la hojarasca húmeda se arrastraba hasta sus pies.
¡Sí! ¡Ya venían tras ella!

El corazón le latía, se había decidido no mirar atrás, pero es difícil no saber a qué se enfrenta uno, y es más irresistible aún, no buscar caer ante el horror.

Respiraba, respiraba. Notaba, en la negra oscuridad, los destellos de relámpagos desgarrando en estrías platinadas el cielo.

El dedo mayor del oscuro pie de Zina, se abrió en dos, la chica se dio contra el suelo, el dolor le fue insoportable. La filosa piedra que le causó la herida, permaneció imperturbable. La muchacha se acurrucó en posición fetal, tomándose el magullado dedo sangrante. Había perdido la uña.

_ “¡Cuánta sangre desperdiciada!_” le dijeron. La voz le resultó tan familiar.

Un relámpago volvió a destellar, y  la oscuridad se quebró para dejarle ver el rostro de su madre. El caño que había usado para escapar le golpeó la cabeza. Zina Abed estaba completamente perdida.
                                                                    
                                                                    ***

Daniel Simons subía los escalones de su enorme mansión imperial, se supo vencedor. Era, al fin y al cabo, el hombre que había ayudado a la humanidad, a alcanzar la existencia utópica que tanto había anhelado.

De pronto, el cuerpo de Simons se estremeció, como si una fuerza sobre la que no tenía potestad, le invadiera. Sintió el corazón apretado, aprisionado contra el pecho, muriendo atravesado por una daga invisible.

Matías entre tanto, había cerrado los ojos, y para no oír las voces angelicales que le rogaban: “¡No lo hagas! ¡De ti depende la humanidad!”, se colocó los auriculares. Su tema musical preferido sonaba a todo volumen.

_ “…y con esta sangre bendita. Bienvenido seas Señor.”_ dijo un sacerdote en medio de aquel oscuro bosque. Zina, colgada de pies y brazos sobre un altar de piedra, forcejeaba desesperada. Una daga brilló en la profunda noche, ella solo gritó. Llegaba la nueva era.

¿Qué pasaría si la vida resultase, solamente, de la concatenación de las decisiones que hemos tomado? ¿Si se tratara del resultado que ocasiona la convicción de luchar, por cumplir los propios deseos?

El corazón de Daniel Simons sufrió un infarto, la vida se le había escapado, pero luego de treinta minutos, le regreso como un soplido sobrenatural. La bestia es muerta, dicen, pero está viva de nuevo.

En el segundo en que Matías Gonzáles expiró de cara al suelo, su misión dejo de ser real, dejo de contar. Y para el mundo no significó nada. Las olas del cambio se agitaban murmurantes.

Tres siglos más tarde, en medio de la plaza mayor de un pequeño poblado, un niño jugaba a ser héroe. Frente a él, la estatua del Gran Señor Santísimo, Daniel Simons, que había partido hacia tiempo ya, para volver a su trono magno de divinidad.

 El pequeño se sentía honrado de llevar el mismo nombre, quizás algún día, él sería tan grande.
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(Texto presentado en el concurso de relatos breves 2011 de Grupo Alejandria.)

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