No le
tembló la mano ésta vez. No, porque ésta vez realmente quería hacerlo. Lo
adoraba, le extasiaba. Al hacerlo, un fluido extraterraqueo se le colaba en las células, y le poseía
todo. Era adicto de esa saciedad.
Ya en
su alcoba, luego de cerrar la puerta, Moroí se sentó en el suelo. Tomó un paño
y comenzó a limpiarse las manos mientras recordaba el rostro de ella. Su piel
sudada. Los sexos entrelazados, y sus manos jugando a la sensación.
Luego
se desnudo la carne, se sumergió en la pileta tibia, desapareció en la
oscuridad de la roca manchada y las burbujas que los hornos debajo del palacio,
calentaban. Luego salió del agua, detrás suyo, el asiento marmolado donde
recostó la espalda. Un chorro de agua fría salía subiendo por sus omoplatos
apoyados. Suspiró.
El
rostro de Seviro vino a él, su carne suave, esos risos al sol, mientras los
jóvenes y jovencitas jugaban cerca de las fuentes y los jardines. Recordó su
sonrisa. Aquella noche volvería a verle.
Cuando
Moroí cruzó los pasillos antes de entrar al salón, sus súbditos y más cercanos
e se hincaron profundamente frente a él, formando un pasillo de cuerpos. Los
bordes dorados de su túnica purpura pesaban, pendiendo cerca del suelo, todos
los cortesanos dejaron posar sus ojos en el peso de aquel oro. Y luego sonó la
trompeta.
¡Ah!
¡Un centenar de bellísimos invitados! ¡Música, inciensos, opios subiendo los
escalones y trepando las paredes! Flores derramadas sobre lechos de pluma y
paja. Aroma de vino y miel, de vino tibio y adormideras. ¡Y entre todas esas
bellezas estaba Seviro! Con los ojos brillantes y la boca abierta en una media
luna blanca, soltando destellos de Luna y de Sol, pero siempre de la mano de
Él, y de ella.
Entrada
la noche, el rey Moroí había cedido al vino y las caricias de los cortesanos.
Bebía miel de unos pechos, sentía rebosante su ano, y sobre su falo erecto,
otro cuerpo se contorneaba a su ritmo. Miró el cielo raso, casi extasiado. En
su sangre bullían y fermentaban los alcoholes y opiáceos.
Ahora dejó
escurrir los ojos en Seviro, que tomaba la mano de Él, y ella detrás los seguía
entre la marea de cuerpos que se adoraban en un tremendo ritual de egolatrías y
belleza. Las aguas floridas quemaban las narices, el viento entraba desde el
océano, arrastrando el frescor salino. En Moroí se quebró el éxtasis, y salió
del transe que le envolvía con los otros.
Venían
jadeos y chasquidos de lenguas, gritos que se sostenían en murmullos ahogados,
venían órdenes, gemidos, y los pies de Moroí se ungían con vid y aceites
perfumados derramados, con pétalos vaporosos que se volvían suelas y colchón
bajo sus pies. Corrió entre la orgía solo, cubierto por la sombra y la noche.
Husmeó rastreando la silueta tibia de Seviro, o la de su esposa, o la del
hermano de su esposa arremetiendo en saliva y cuerpo contra él.
La luz
de la incandescente Selene entraba por los arcos que daban a los jardines. La
brisa ondeaba el cortinado azul, y el mismo brillo azul caía sobre todos los
cuerpos que formaban túmulos de carne donde miles de Eros nacían y morían cada
segundo, en un palpitar, en un temblor.
Blanco,
el cuerpo patrocleo de Seviro se bañaba de Luna. Parecía un Dios brillante y
feliz que le daba la bienvenida. Debajo suyo, Elvira, la germánica, que aun
siendo de tal belleza no se comparaba con su marido, detrás del chico, casi
montándole, relucía también en azul el joven Osiones.
Moroí
se sintió enojado, era él Dios entre los hombres, descendiente de sangre
celeste. Aquel doncel era suyo, por derecho. Por divinidad.
En
belleza tal debía habitar el amor todo, la perfección total, el Eros tremendo.
Ellos se debían, y Seviro más aun a su Señor y rey.
El
fuerte Dios Moroí caminó hasta los tres amantes, le acarició la nuca a Osiones
que le miró sonriente. La Princesa Elvira fue hacia él, saliéndose de su esposo.
Beso al rey, tomó su falo y lo introdujo en ella. Seviro sonrió y acarició las
piernas de su señor Moroí.
Moroí
estalló de nuevo en aquel placer, en aquel sentido de desenfreno y caos.
Con
brusquedad se quito de encima a la princesa, Osiones socorrió a su hermana que
se había quedado tendida en el piso. Moroí fijo los ojos en Seviro que ahora se
acostaba de frente a él y dejaba caer el manto del rey contra su carne
marmórea. Sintió su calor, sintió su fuerza. Entonces Moroí fue más allá.
Elvira
soltó un alarido de horror, y su garganta se ahogo en un rasguido. La luz
proyectó el tremendo porte del rey, alzándose con Seviro sobre su cuerpo, que
gemía ahora de terror y de un placer que le quemaba las entrañas.
Moroí
era ahora un cuerpo nervioso y alto, una cola de serpiente le recorría la
columna y envolvía sus piernas, apretando fuertemente el cuerpo del joven
príncipe Seviro.
Entonces
el deseo cumplido del Dios hombre, la posesión completa de su amado, el todo de
él en Él.
Una luz
blanquecina y fantasmal salió de los labios de Seviro que expiraba al fin.
Moroí contempló aquel brillo con ojos fríos y satisfechos, lanzó una mordida
veloz y arrancó junto con la luz un pedazo de rostro del muchacho.
El cuerpo de su doncel ahora se tornaba azul,
y era dejado en el suelo por la escamosa cola que desaparecía, como
rechazándole, mientras el rey tomaba los jirones de su capa y se limpiaba las
manos rojas.
No le
tembló el pulsó al dar el paso. No le tembló un cabello, porque tenía sangre
fía, y había decidido hacerlo. Era dueño de todo lo que tomaba.
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