Visto desde la nada...

Irreal

Irreal
"Y ya no hubo despertar. El verdugo electrónico, había decidido que era el fin de los hombres"

miércoles, 5 de marzo de 2014

Cécrope


No le tembló la mano ésta vez. No, porque ésta vez realmente quería hacerlo. Lo adoraba, le extasiaba. Al hacerlo, un fluido extraterraqueo  se le colaba en las células, y le poseía todo. Era adicto de esa saciedad.
Ya en su alcoba, luego de cerrar la puerta, Moroí se sentó en el suelo. Tomó un paño y comenzó a limpiarse las manos mientras recordaba el rostro de ella. Su piel sudada. Los sexos entrelazados, y sus manos jugando a la sensación.
Luego se desnudo la carne, se sumergió en la pileta tibia, desapareció en la oscuridad de la roca manchada y las burbujas que los hornos debajo del palacio, calentaban. Luego salió del agua, detrás suyo, el asiento marmolado donde recostó la espalda. Un chorro de agua fría salía subiendo por sus omoplatos apoyados. Suspiró.
El rostro de Seviro vino a él, su carne suave, esos risos al sol, mientras los jóvenes y jovencitas jugaban cerca de las fuentes y los jardines. Recordó su sonrisa. Aquella noche volvería a verle.
Cuando Moroí cruzó los pasillos antes de entrar al salón, sus súbditos y más cercanos e se hincaron profundamente frente a él, formando un pasillo de cuerpos. Los bordes dorados de su túnica purpura pesaban, pendiendo cerca del suelo, todos los cortesanos dejaron posar sus ojos en el peso de aquel oro. Y luego sonó la trompeta.
¡Ah! ¡Un centenar de bellísimos invitados! ¡Música, inciensos, opios subiendo los escalones y trepando las paredes! Flores derramadas sobre lechos de pluma y paja. Aroma de vino y miel, de vino tibio y adormideras. ¡Y entre todas esas bellezas estaba Seviro! Con los ojos brillantes y la boca abierta en una media luna blanca, soltando destellos de Luna y de Sol, pero siempre de la mano de Él, y de ella.
Entrada la noche, el rey Moroí había cedido al vino y las caricias de los cortesanos. Bebía miel de unos pechos, sentía rebosante su ano, y sobre su falo erecto, otro cuerpo se contorneaba a su ritmo. Miró el cielo raso, casi extasiado. En su sangre bullían y fermentaban los alcoholes y opiáceos.
Ahora dejó escurrir los ojos en Seviro, que tomaba la mano de Él, y ella detrás los seguía entre la marea de cuerpos que se adoraban en un tremendo ritual de egolatrías y belleza. Las aguas floridas quemaban las narices, el viento entraba desde el océano, arrastrando el frescor salino. En Moroí se quebró el éxtasis, y salió del transe que le envolvía con los otros.
Venían jadeos y chasquidos de lenguas, gritos que se sostenían en murmullos ahogados, venían órdenes, gemidos, y los pies de Moroí se ungían con vid y aceites perfumados derramados, con pétalos vaporosos que se volvían suelas y colchón bajo sus pies. Corrió entre la orgía solo, cubierto por la sombra y la noche. Husmeó rastreando la silueta tibia de Seviro, o la de su esposa, o la del hermano de su esposa arremetiendo en saliva y cuerpo contra él.
La luz de la incandescente Selene entraba por los arcos que daban a los jardines. La brisa ondeaba el cortinado azul, y el mismo brillo azul caía sobre todos los cuerpos que formaban túmulos de carne donde miles de Eros nacían y morían cada segundo, en un palpitar, en un temblor.
Blanco, el cuerpo patrocleo de Seviro se bañaba de Luna. Parecía un Dios brillante y feliz que le daba la bienvenida. Debajo suyo, Elvira, la germánica, que aun siendo de tal belleza no se comparaba con su marido, detrás del chico, casi montándole, relucía también en azul el joven Osiones.
Moroí se sintió enojado, era él Dios entre los hombres, descendiente de sangre celeste. Aquel doncel era suyo, por derecho. Por divinidad.
En belleza tal debía habitar el amor todo, la perfección total, el Eros tremendo. Ellos se debían, y Seviro más aun a su Señor y rey.
El fuerte Dios Moroí caminó hasta los tres amantes, le acarició la nuca a Osiones que le miró sonriente. La Princesa Elvira fue hacia él, saliéndose de su esposo. Beso al rey, tomó su falo y lo introdujo en ella. Seviro sonrió y acarició las piernas de su señor Moroí.
Moroí estalló de nuevo en aquel placer, en aquel sentido de desenfreno y caos.
Con brusquedad se quito de encima a la princesa, Osiones socorrió a su hermana que se había quedado tendida en el piso. Moroí fijo los ojos en Seviro que ahora se acostaba de frente a él y dejaba caer el manto del rey contra su carne marmórea. Sintió su calor, sintió su fuerza. Entonces Moroí fue más allá.
Elvira soltó un alarido de horror, y su garganta se ahogo en un rasguido. La luz proyectó el tremendo porte del rey, alzándose con Seviro sobre su cuerpo, que gemía ahora de terror y de un placer que le quemaba las entrañas.
Moroí era ahora un cuerpo nervioso y alto, una cola de serpiente le recorría la columna y envolvía sus piernas, apretando fuertemente el cuerpo del joven príncipe Seviro.
Entonces el deseo cumplido del Dios hombre, la posesión completa de su amado, el todo de él en Él.
Una luz blanquecina y fantasmal salió de los labios de Seviro que expiraba al fin. Moroí contempló aquel brillo con ojos fríos y satisfechos, lanzó una mordida veloz y arrancó junto con la luz un pedazo de rostro del muchacho.
 El cuerpo de su doncel ahora se tornaba azul, y era dejado en el suelo por la escamosa cola que desaparecía, como rechazándole, mientras el rey tomaba los jirones de su capa y se limpiaba las manos rojas.

No le tembló el pulsó al dar el paso. No le tembló un cabello, porque tenía sangre fía, y había decidido hacerlo. Era dueño de todo lo que tomaba.

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